Surrealista
¿Se sabrá algún día toda la verdad, por bochornosa que sea, del abracadabrante episodio ocurrido en Antel, que culminó con la renuncia de su presidente? Acerca de peripecias así soy escéptico por naturaleza y por acumulación de antecedentes.
Entre tanto, ¿qué puedo hacer con lo que me quede de credulidad y compasión? Quizá resaltar lo que ha sido comprobado y, de esa novela grotesca en entregas, aquello que aparezca inaceptable, torpe o absurdo.
Es inaceptable, por ejemplo, que una llamada desde la Presidencia de la República baste para que Antel contrate a un individuo que nadie conoce allí, al que nadie investiga y acerca del cual nadie duda pese a que viene a cumplir tareas de seguridad. ¿Qué cambia que la llamada, probablemente, la haya hecho él mismo?
El recorrido del caso durante semanas desnudó la torpeza de directores y gerentes que lo siguieron desde el principio. Han dejado la impresión de esos monjes celebrantes y disciplinados que parecen comunicarse en latín antiguo, de espaldas a la realidad y al sentido común.
Finalmente, el absurdo cayó de la mano temblorosa, de la cara rígida y con la barbilla replegada y del anadeo verboso del ex presidente de Antel. No se puede declamar, sin que te pateen el trasero, que fue «un episodio menor», que «si bien no es normal que desde la Presidencia de la República se llame para recomendar a alguien, justo por no ser circunstancias normales (¡) se accedió al pedido», y que todo se precipitó «en medio de la extrema amargura, consternación y preocupación» por las circunstancias que afectaron a Gonzalo Perera, ex vicepresidente del organismo.
Qué raro todo esto.
Qué extraño sentido de la oportunidad tuvo quien haya sido el creador de semejante sucesión de barrabasadas.
¿Baja el telón con el apresamiento del ex policía que se transformó en funcionario de Antel en ancas del disparate, por decir lo más ingenuo?
¿Queda alguien detrás del biombo?
Usted, lector, ¿desconfía?
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