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DIARIO DE CAMPAÑA: NUESTRO COMPROMISO CON NOSOTROS

«El Uruguay es ante todo una comunidad espiritual». Palabras más o menos, esa frase me quedó grabada. La escuché adolescente, en una gastadísima cinta con declaraciones de Wilson Ferreira Aldunate en Radio Netherland.

En medio del fragor de la campaña, quiero destacar algunos hechos surgidos en la blanca divisa de los defensores de las leyes. Como aprendiéramos del General Seregni, hay pensar el país en términos estratégicos y en permanente búsqueda de acuerdos amplios que viabilicen esa visión. Por ello, y desde mi carácter de frenteamplista, socialista, que jamás ha ocultado una muy marcada simpatía hacia el batllismo «histórico», aquel que prohijara Don Pepe y marcara hondamente nuestra matriz social, me gustaría reflexionar sobre grandes hombres y estilos del Partido Nacional y del país.

En los últimos días, mucho me ha hecho rememorar a «Nuestro Compromiso con Usted» , el programa de la fórmula Wilson Ferreira-Carlos Julio Pereyra en las elecciones de 1971. Por lo pronto, la desclasificación de documentos que suscriben el histórico reclamo del Partido Nacional sobre fraude electoral en 1971. Pero también el retiro de Carlos Julio Pereyra de la Presidencia del Honorable Directorio del Partido Nacional, más allá de los dichos y hechos de la coyuntura, retrotrae a esa época en que el Partido Nacional rejuveneció sus liderazgos y enfoques.

Permítame el lector entonces un recuerdo personal. Mis primeras reuniones políticas, en mi Rocha natal, fueron con militantes del Movimiento Nacional de Rocha (MNR), que nos contaban a un grupito de gurises la historia reciente, la actualidad escondida y maquillada por la censura dictatorial. Guardo una infinita gratitud hacia aquellas reuniones de mi adolescencia: me impulsaron a buscar, pensar, analizar y elaborar. En una de ellas, me preguntaron cómo era la sociedad en la que me gustaría vivir. No recuerdo lo que dije, pero sí la inmediata respuesta que recibí. «Esa visión que tú tienes, tiene nombre y se llama socialismo». Y tenían razón. Algunos pocos años y muchas lecturas después, encontré en el amplio mundo de las ideas socialistas las que más me convencían y conmovían. Pero nunca pude olvidar aquel pequeño pero muy tocante acto de grandeza: aquellos activistas del MNR, que, en lugar de buscar simplemente un votito más, apostaron a la honestidad intelectual y a estimular la libertad personal.

La política, en el sentido más amplio del término, es humanidad en carne viva, con todas sus glorias y miserias. Si se deja de percibir a la política como parte de las luces y sombras de personas de carne y hueso, se la reduce a simples maniobras tácticas en una interminable partida de ajedrez. Por eso me gusta recordar al MNR desde ese hecho tan puntual pero tan noble. Por eso me gusta recordar a Carlos Julio como el vecino que, habiendo sido senador y merecido la vicepresidencia de la República, frenó su camioneta cerca del Batallón de Infantería Nº 12: un querido compañero frentista que había estado detenido, venía caminando fatigado, con sus petates al hombro y Carlos Julio, sin más trámite, lo alcanzó hasta el pueblo. Esos gestos pequeñitos, que casi nunca son noticia, dicen más de los personajes públicos que los mejores discursos. Ese anónimo gesto de solidaridad describe a la perfección al ilustre ciudadano Carlos Julio y los valores en los que se formó.

Y es que es cierto que la sociedades son comunidades espirituales. No es ingenuidad, ni negar que existen intereses antagónicos. Pero las sociedades que se desarrollan sustentablemente son las que gozan de una matriz cultural plural, diversa, rica, respetuosa de las diferencias, pero fuertemente cimentada en torno a algunos valores comunes muy ampliamente compartidos. Y son los que logran que, aproximadamente, al menos unos dos tercios de su ciudadanía identifique algunos temas y proyectos como esenciales e intocables, dignos de ser continuados en el tiempo durante 10 o 20 años, más allá de matices.

¿Cuáles son esos puntos y valores en el Uruguay de hoy? ¿No hay una llamativa continuidad entre este orgullo actual que es el Plan Ceibal con el tradicional orgullo del Uruguay por la educación vareliana? En nuestra sociedad, la túnica blanca y la moña azul siguen siendo quizás la imagen más querida a los ojos uruguayos. El Sistema de Educación Público, su fortalecimiento, la necesidad de buscar su excelencia e inclusión social de manera simultánea, su complementación con el sistema privado ­sin falsas oposiciones o dogmatismos ni tampoco ignorar las obvias diferencias­ es un tema que puede concitar una gran mayoría de voluntades en Uruguay. Porque todo eso fue posible en torno al Plan Ceibal, que es una expresión concreta de esa aspiración de excelencia inclusiva y muy inteligente respeto a la diversidad.

Pero hay otros puntos a identificar, como el valor de la dimensión humana en la política. Hasta ahora, en el Uruguay, la vida privada y la integridad personal de los políticos se respetaban cabalmente. Crítica dura a la discrepancia por la actividad pública, por supuesto. Cruzar al terreno del agravio personal, no. Para una gran mayoría, debe cultivarse con capacidad crítica la fidelidad al compañero y la lealtad para con el adversario. Pero eso no está garantizado de por vida. Hay alarmantes anuncios. Cuando son elementos de campaña estilos de vestimenta de unos o hábitos privados de otros, o se llena de insultos al opinante sin escuchar la opinión, me pregunto si estamos haciendo un país o un gigantesco set de telechimentos.

Pero el desafío está ahí. Hace poco tiempo leí en un espacio público una emocionante despedida de Juan Raúl Ferreira a la gran Imilce Viñas. Cuando algunos quisieron anteponer a este gesto la insignificancia de las distintas filiaciones partidarias de uno y otro, la firmeza de la reacción de Juan Raúl me hizo pensar que no es tarde en absoluto para apostar a la nobleza colectiva.

«¿Gusta servirse, compadre?», según dicen, fue la pícara frase con que el brillante Maneco Flores Mora, en sus últimos días, recibió desde su lecho al recién liberado Wilson, aludiendo al oxígeno que requería para vivir. «No, gracias, recién tiré» fue la respuesta de Wilson. Esa bofetada de humor al dolor inminente la protagonizaron dos hombres que se cruzaron muy ferozmente en su vida en la arena política. Ese diálogo de compadres-adversarios encierra una inmensa ternura. Pero también muestra una forma de vivir y sentir la política y la vida. Soy frenteamplista y jamás voté ni a Wilson, ni a Carlos Julio ni a su divisa. Ni a la del muy admirado Don Pepe Batlle. Pero, cuánto me complacería que muchos, de todos los partidos y 38 años después de aquellos vientos renovadores en las viejas divisas blancas, fuéramos capaces de encontrar ahora «Nuestro Compromiso con Nosotros»: las cuatro o cinco ideas-fuerza, valores o reglas intocables para la convivencia y el camino a recorrer en común.

No estamos solos en esa construcción. Tenemos muchos legados y procederes que nos señalan el camino: Frugoni, Seregni, Aparicio, Wilson, Don Pepe, Maneco y tantos otros que es injusto no mencionar. Que si logro creer en algún paraíso, seguro que allí los imaginaré discutiendo y enfrentándose duramente, vaya uno a saber por qué, pero confortándose siempre con el abrazo de los hombres justos al final de la dura jornada.

|*| Analista y matemático

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