Decoraciones
Quiero hablar de decoración, o decoraciones, o efectos decorativos.
No planeo, me libre el profeta barbado, destinar desde ahora este espacio a la gastronomía ni, más específicamente, a la pastelería. Me apresuro a decir que respeto profundamente a gastrónomos y pasteleros y valoro su búsqueda de comidas que den placer.
Pero se trata de otra cosa, más seria.
No soy experto en cuestiones constitucionales. Pertenecen a un río que se integra con facilidad a mi oceánica ignorancia. Sin embargo, hay pocas actividades mentales tan estimulantes e ilustrativas como leer la Constitución de la República. Hoy me interesa detenerme en el Tribunal de Cuentas, sus funciones, sus responsabilidades, su supuesta influencia en el sistema democrático de gobierno.
Aunque deba, según respuestas que lleguen, pedir perdón por esta licencia, creo que es un precioso ejemplo de decoración. Lo está demostrando la Intendencia de Montevideo desconociendo sus sentencias por enésima vez con el argumento flácido, somnoliento, perezoso de que «ya las ha contestado varias veces». Obviamente, esto se relaciona con el agotador asunto de la concesión del hotel Carrasco.
En este conflicto, ¿de qué modo el Tribunal podría imponer sus observaciones? De forma directa es imposible. Sólo le corresponde dar «noticia circunstanciada» a la Asamblea General, que es lo más parecido a una inutilidad previsible, a un espejismo, al intento de penetrar una densa telaraña. En otros términos: es igual a hacer algo al santísimo cohete, sabiendo que no habrá respuesta en los tiempos exigidos y casi siempre, para no exagerar aquello observado, y oportunamente sentenciado, seguirá el curso inicial, impertérrito y hasta desafiante.
Las instituciones del Estado deben ser algo más que decoraciones, independientemente de los cuestionamientos coyunturales acerca de su integración y otras yerbas de tufo politiquero barato.
Si no, pobre de nosotros, los contribuyentes.
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