La campaña
Las campañas preelectorales, si uno observa con atención y sin prejuicios, revelan el talante de la cultura política de un país.
Aunque nadie quiere algo aguado, frío, es cierto que en Uruguay son una rara mezcla incomparable: hay información abundante, necesaria y un tiempo de exposición que algunos califican de excesivo, pero también una intolerancia expuesta de modo muy grosero en descalificaciones y sofismas insultantes. Es poca la esperanza de que esto cambie de inmediato.
Tal característica, que se ha ido acentuando, causa una clara división y una paradoja capaz de sumir en la perplejidad a cualquier librepensador crítico.
Separa a los decididos, la mayoría, los militantes que jamás cambian de opinión, de quienes se mantienen indecisos por la necesidad intelectual y moral de desarrollar cotejos más profundos. Por otra parte, hace que todos los candidatos confiesen que darían la vida por el voto de esos ciudadanos de la indecisión, pero aún incrédulos ante dos tercos hechos: uno, que en realidad no les están hablando a ellos, y dos, que el mejor camino para hacerlo es el debate.
Quizá la culpa la tengan las estrategias, que pocas veces las urde el propio candidato; son responsabilidades que se deja descansar en los asesores.
Así, de pronto, aparece un político gritando que quiere debatir. Con seguridad lo habrán persuadido de su desenvoltura para el duelo verbal, de la fuerza de sus argumentos y de la necesidad, por esta vía, de mejorar su perfil alicaído en las famosas y sospechables encuestas.
Está en su derecho.
Y así, de pronto, aparece otro político despreciando el convite con el argumento de que debatirá cuando le convenga y se le antoje, posiblemente convencido de que le sienta bien el papel hasta ahora asumido y no necesita gastar pólvora en chimangos ni flores en chanchos.
Está en su derecho.
No obstante, el cuello de botella sigue siendo los indecisos. Qué curioso: precisamente los que decidirán.
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