Ausencias
Esta columna concluirá con el cierre de una milonga campera. Es que si el humor sana, no hay otro remedio. Ya verá por qué, lector.
Si los porcentajes de ausentismo docente en Secundaria que difundió la directora Alex Mazzei son veraces, los estudiantes, chiquilines cascoteados por su aparente desinterés en el aprendizaje, deben extrañar a los profesores y hasta desear su regreso, aunque sea de tanto en tanto.
Según Mazzei, tal ausentismo implica la pérdida del veinte por ciento de las horas de clase en el año.
Junto a ese dato, igual de sorprendente a un muñeco a resorte que salta de una caja, se publicó la lista de causas por las cuales los profesores pueden faltar al liceo. Entre otras: becas, enfermedad, duelo, maternidad, lactancia, períodos para preparar exámenes, concursos o tareas encomendadas por el Codicen o Secundaria, donación de sangre y «motivos especiales», extremo suficientemente difuso como para que lo definan las autoridades cada vez que es necesario.
En ocasiones anteriores, cuando me he referido a este mal de ausencia, los profesores se han molestado.
Precisamente ellos, que hoy, con absoluto derecho, ponen en tela de juicio nada menos que a la ley de educación, deberían contener la rabia y el mordiscón y reflexionar, sin dogmatismos, acerca de su responsabilidad en esta cuestión. Quede claro que no digo que todos los docentes se regodeen en el ausentismo de razones inválidas, ni que el problema porque un problema hay, eso sí los involucre a todos, ni que el único inocente sea el sistema.
Pero ha llegado el momento de que también hablen de esto, expongan soluciones si las tienen y asuman lo que corresponda asumir.
Piensen en esos alumnos o alumnas, que sería más ajustado a lo que viene obligados a cantarle a algún docente de faltazo fácil el final de la milonga «Tu vuelta»: No quisiera importunarte/ pero hoy me animé a escribirte,/ porque tengo que decirte/ que ya somos dos a esperarte».
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