CUESTION MILITAR

En realidad se trata de una cuestión de defensa nacional.

Las consecuencias sociales de toda mala índole que acarrea la crisis financiera y económica mundial son escalofriantes.

La pobreza planetaria había retrocedido un poco en los años anteriores (en especial por el crecimiento de China) pero tozudamente, recuperando el terreno «perdido», volvió a colocarse por encima del 30% de la población mundial (que además también crece).

Vamos a omitir la sopa de cifras detalladas que van surgiendo de los centros mundiales especializados en estos estudios. Por lo colosal del problema es fácil imaginarlas. Hunden garfios en la niñez, mujeres, países y hasta continentes enteros (incluso en el seno de países «ricos»), en la proliferación de enfermedades nuevas y viejas, el hambre y la sed, las matanzas por escapar, la delincuencia chica y la grande, la caótica y la muy organizada, en la esclavitud, la «trata de blancas y de blancos», la prostitución y el trabajo infantil… En suma, en el nutrido y alborotado cortejo que la pobreza siempre trae consigo.

Porque jamás viene sola y, a la vez de acompañada, «segrega» sus propias ponzoñas.

Bien sabemos que además cuando ello se prolonga en el tiempo más allá de ciertos límites estrechos, sus consecuencias crían profundas y poderosas raíces difíciles de extirpar: «construyen» cultura, «civilización» sui generis, modos de vivir; de comer, de hablar, de cantar…

Otro mundo con otros códigos, leyes, moral, ética…

Muchos países pasaron a veces por períodos de pobreza (generalmente a causa de increíbles guerras o cosas por el estilo) pero de aquel dolor quedó el dolor y nada más. Superado el trance, retornaron a la «normalidad».

No olvidemos que la enorme mayoría de las peores guerras y genocidios por lo menos de los siglos XIX, XX y lo que va de éste, tuvieron por causa hasta incluso «justificativa», huir de la pobreza apoderándose para ello de las riquezas necesarias: tierras fértiles, cauces de agua, pozos de petróleo, salidas al mar, colonias explotables… Y que para esas carnicerías si bien a su frente estuvieron las élites del poder (por ende de la economía), fueron movilizadas inmensas muchedumbres fanatizadas. Tanto para frentes de batalla como para retaguardias productivas y países ocupados. Las guerras civiles más cruentas pero también los enfrentamientos inter-étnicos, religiosos o raciales, incluyendo matanza y genocidios por parte de una población contra otra tuvieron por causa (como ahora en el Congo) la posesión de una fuente de riqueza (o de varias). Es un modo contemporáneo de volver a la horda.

Todo lo dicho, y mucho más, basamenta ciertas consideraciones estratégicas, incluso militares, en el mundo actual.

Ellas sostienen que dada la población mundial y su crecimiento, el agotamiento o escasez de recursos finitos y los grados de contaminaciones existentes y previsibles, por tratarse en todos esos casos de asuntos mundiales y no exclusivamente regionales, dan potencia a la inestabilidad, los conflictos y finalmente las guerras.

Que por ende la pobreza que abraza a la tercera parte de la población mundial debe ser extirpada porque de nada vale gastar en armas y ejércitos si esa fragilidad en la base de los problemas no se resuelve. Y lo que es más: ni las armas ni los ejércitos pueden resolver el problema ni aun ganando guerras.

Algo así, diríamos nosotros, como llamar a los bomberos para que apaguen incendios en una civilización basada en pirómanos y piromanías.

Esta «escuela» de pensamiento militar está presente en casi todos los países incluso en los más ricos. Eso no quiere decir que los respectivos gobiernos la oigan y acepten.

En suma: la pobreza es una de las amenazas y los riesgos más grandes para la paz (interna y externa) de cualquier país y por ende para la mundial.

Téngase en cuenta que si bien hubo pobres desde antaño, la cantidad y calidad de la pobreza actual es incomparable por pavorosa. También lo son sus consecuencias y véase que un país puede no tener pobres pero sufrir duras consecuencias por pobrezas ajenas, cercanas o lejanas.

Por suerte Uruguay ha tenido al respecto políticas internacionales correctas pero como tenemos pobres propios y la caridad bien entendida empieza por casa, parecería que como a Dios rogando y con el mazo dando, la guerra contra la pobreza debe ser eso: en primer lugar una guerra y en segundo, la única.

En ella, como es obvio en toda guerra, el gobierno sea cual sea, y todas las capacidades y potencias nacionales públicas y privadas incluidos los partidos políticos todos, deben cerrarse como un puño y actuar estrechamente unidos hasta vencer. Las Fuerzas Armadas deberían a nuestro juicio aceptar lo correcto de este análisis y, en consecuencia estar y por razones obvias en la primera línea. Si algún día podemos festejar juntos la victoria soñada Uruguay y no ninguno, habrá dado un paso de siete leguas hacia su promisor futuro.

*| Escritor, senador  de la República.

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