Ay, el consenso
De haber muchos ciudadanos responsables aquí como creo que los hay han de estar preocupados echando en falta un valor esencial a cualquier régimen democrático: el consenso.
Se ha escabullido, quizás con un fenomenal susto encima, pobrecito consenso, en medio de una campaña preelectoral matrizada por la intolerancia y la ira.
Es una pena. Hace unos días, observando un debate sobre la reforma del Estado, pude advertir que hay más cercanías que distancias entre las ideas centrales que laten, por esta cuestión, en los distintos programas partidarios.
No sólo eso.
Probado quedó, además, que en el pasado reciente todos los partidos acompañaron ciertas decisiones, tanto como expresaron su simpatía por entre otros institutos un sistema de estímulos y desestímulos duradero en la administración pública, salarios iguales para pagar funciones iguales, tecnificación de los procesos, eliminación de la burocracia y concursos transparentes para terminar con el clientelismo.
Hay una obviedad que, en semejante contexto, genera cierta molestia: no habrá reforma del Estado a cabalidad antes de que se instale el próximo gobierno. Si, tal cual parece, ese no tendrá las mayorías absolutas de las que ha dispuesto el actual, los acuerdos serán indispensables precisamente a la búsqueda del consenso prófugo.
Sin embargo, a cada paso de la campaña, los discursos ahuyentan los tímidos ánimos de aproximación que, sin audacia, algunos expresan.
Sintiéndome también yo un ciudadano responsable, me complacería ver que se deja de lado tanta rabia celebrante y se dedica algo, apenas algo del tiempo a la serenidad, a la tolerancia y a la sensatez.
Quién sabe. Tal vez el país daría un paso adelante. Al menos, los políticos uruguayos no parecerían unos escolásticos de perverso dogmatismo.
Parafraseando a Huxley, ninguno se jactaría de sus convicciones sin tomarse el trabajo de saber, en verdad, cómo son los hechos y qué piensan los demás.
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