El espectro
Hay espectros conmovedoramente vívidos, al menos por su verbosidad, que cabalgan a lomos del absurdo y levantan tanto polvo que sugieren la inmortalidad o, quizás, hasta para un agnóstico como uno, que son la prueba de la existencia de Dios.
Con un Partido Colorado aún deshecho, mientras algunos tratan de labrar la dureza de la resurrección con encomiable espíritu, Jorge Batlle que fue uno de los líderes de esa colectividad política habló otra vez.
Palabra más, palabra menos, se adjudicó la paternidad del explosivo crecimiento de Pedro Bordaberry, sugiriendo, con un desparpajo añoso, tal vez conservado con formol en un desvencijado cuarto trasero mental, que no hubo primer paso hasta que él lo designó, durante su gobierno, ministro de Turismo.
Tan así como decir, acodado al mostrador del boliche, «yo lo hice».
Que nadie pierda tiempo buscando, entre las frases supuestamente ingeniosas de este especialista en derramar desaguisados, alguna intención o maniobra política que pague la pena.
Nada que ver.
Jorge Batlle es una catástrofe unipersonal que anda, aunque su tiempo pasó.
¿Que lo mantiene no sólo erguido, abriendo los ojos como si le hubiesen examinado la próstata, sino también parlante? ¿Una espantosa pócima secreta?
Se niega al olvido. Descree de la resignación. No acepta siquiera una momificación honorable. Quiere seguir estando, quiere ser.
Basta que le acerquen un micrófono. Jamás se le trabará el maxilar, nunca se atragantará ni toserá inoportunamente. Su problema, que vino con los años, es que se quedó sin discurso. Ahora sólo puede regalarnos grandilocuencias envueltas en papel celofán y pintadas por una ironía que la humedad ha agrisado.
Yo debería poder despedirlo con cierta cortesía sarcástica, esa que, después de recibida, no te da revancha.
Lo siento, no soy capaz.
He de recurrir entonces a palabras de Juan Marsé: «Adiós, muy buenas, que pase usted muy bien. Y no vuelva».
Pensándolo bien, ni así.
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