El piantao
Minuciosos investigadores de la filosofía tibetana han revelado que el bodisatva o sea el iniciado es capaz de crear una imagen igual a sí mismo y enviarla a hacer mandados; el fantasma sale a ver qué pasa y cómo es el tipo en realidad, y luego le cuenta para que se corrija.
Me crucificarán los puristas, pero esto es más viejo acá que en el Tibet; los uruguayos hace muchísimo tiempo venimos jugando con esta suerte de delegación en otro. Para eso usamos a los políticos, que son unos fantasmas.
Claro, si el tipo delega todo, se pianta. Va a la vereda de enfrente esto es figurado, no sé hasta dónde y allí, sorbiendo una bombilla, cómodamente sentado en una sillita, estudia lo que hace el político al cual entregó prácticamente su vida. Es como si se atrincherase en la comodidad de construir una imagen propia capaz de andar por ahí y arreglar macanas.
Pero hay una diferencia.
Mientras que el fantasma de los tibetanos va y viene, revolotea por todas partes y está siempre en una comunicación ¿de qué modo decirlo? aséptica, el fantasma del uruguayo, el autóctono, se permite juicios según venga la mano. No le habla al tipo con prudencia y sensatez. No, no. Se le mete adentro sin orden previa y entonces el tipo tanto puede aplaudir sentado en la sillita como insultar, parándose de un golpe, enojado, tirando a la mierda bombilla, mate y termo.
Todo esto viene a cuento de una actitud nacional demasiado extendida. Nadie discute, porque sería una idiotez, la necesidad de votar, de delegar determinadas acciones en otros. Pero ocurre que son un montón enorme los que encajan el sobre con la papeleta en la urna y después se piantan a la haraganería de la observación.
Este país será mejor no tanto porque tenga un mejor gobierno, sino cuando la mayoría de sus ciudadanos claven en la pared al fantasma, o lo metan en un contenedor y se decidan a hacer aunque sea algo de tanto que hay para hacer desde la mismísima sociedad civil.
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