Es otro
Cuando a uno le disgusta un tipo no le habla ni lo mira, cruza de vereda, cierra la puerta o manda decir que no está.
Lo hace la gente común.
Si lo insulta, le propina una patada en el culo o le pega un balazo ya no es lo mismo, aunque pasa con más frecuencia de lo que se cree.
Lo hace un desquiciado, cuyos frenos inhibitorios se deshilacharon.
Los ministros de la Suprema Corte de Justicia son, afortunadamente, personas comunes y se supone que les funcionan tales frenos. Sin embargo, disgustados con el presidente del sindicato de trabajadores del Poder Judicial, a quien imputan dichos agraviantes, decidieron cerrar la puerta a la delegación del PIT-CNT si incluía, como estaba previsto, a esa persona.
La decisión causó escozores, estimulando a la central obrera a declarar su «tremenda preocupación». Se había pedido una reunión con la Corte para tratar «asuntos inherentes a los menores infractores que están privados de libertad en el INAU». La Corte contestó que «tiene el derecho de recibir o no» a algunos de los integrantes del PIT-CNT.
Claro que lo tiene.
Pero en realidad se trata de la imagen pública de la corporación que representa a uno de los poderes del Estado.
Se ha informado que aquel que tanto disgusta a los magistrados les ha ofendido. No creo que sea culpable de actos que merezcan una acción judicial, porque entonces la respuesta correcta no sería un portazo sino una demanda.
Los ministros de la Corte deberían estar, en el ejercicio de su función, por encima de la conducta de un ciudadano cualquiera.
Si el sindicalista se comporta indebidamente en la reunión, ellos saben qué hacer. La cosa es que si lo reciben, pese a su molestia moral, darán un ejemplo de tolerancia que falta hace a una sociedad cada día más crispada.
En última instancia, si la incomodidad es grande, pueden intentar autoinducirse una alucinación autoscópica: mirar al tipo y ver a otro. Sería una experiencia inusual y, mejor aún, constructiva.
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