Científico
Yo ignoraba el honor de tener un canciller científico. Sabía de su condición de abogado brillante, nada más.
Pero resulta que, a la hora de juntarse con otros dos honorables integrantes del Partido Socialista, a instancias del presidente Vázquez, para explicar cómo el país ha avanzado en seguridad o en la lucha contra la inseguridad, que viene a ser lo mismo, el doctor Gonzalo Fernández afirmó que puede demostrar los logros del gobierno y debatir con quien fuere, «científicamente».
Me llamó la atención.
La mejor hipótesis, a fin de no aventurarse en interpretaciones que pongan en tela de juicio ni sus conocimientos ni su inteligencia, sería afiliarse a la acepción de ciencia más flexible y menos comprometedora: conocimiento cierto de las cosas por sus principios y causas.
¿Quién osaría discutirle al canciller que lo posee?
El lío se arma si, a la hora de explicar ese conocimiento fuera de toda duda, aparece un exagerado reclamando precisiones.
Admito que es posible que Fernández tenga todas las respuestas.
Pero una acepción tan genérica de lo científico puede, si alguien, de puro pícaro, quiere hurgar en aspectos específicos, causar corcoveos. El canciller, ¿ha formado y ordenado metódicamente un cuerpo de doctrinas que constituye un ramo particular del saber humano? ¿Esos conocimientos que aduce se basan sólo en estadísticas o en otras ciencias exactas, fisicoquímicas y naturales? ¿También domina las ciencias humanas: psicología, historia, antropología, sociología o filosofía? ¿Y si tropezó con la ciencia infusa saber no adquirido mediante el estudio, pero saber al fin con la ciencia ficción o con las ciencias ocultas, que, hablando del delito, no sería un dislate?
Se me antoja que se metió en un brete.
Más claro fue el ministro de Industrias: «En vez de darle un chumbo a los padres, le dimos una computadora a los hijos». Y sanseacabó.
Es cierto. Tanto como que el chumbo la mayoría de los padres ya lo tiene.
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