Boca abierta
Siempre hay una boca abierta por ahí. La peor, en cada circunstancia, es la que se abre primero con información falsa, un rumor malintencionado o la imbecilidad.
Una boca abierta armó flor de lío adjudicando a una consultora contratada por una gremial de productores la afirmación de que la cantidad de tambos en Uruguay se había reducido quince por ciento. Se calentó primero Agazzi, luego Mujica y, al final, la propia responsable de la consultora, desesperada por aclarar que la versión difundida no era cierta.
Estas bocas abiertas, sea por aviesas intenciones o por tontas ganas de llamar la atención y confundir han sido, a lo largo de la historia política nacional, uno de los males más extraordinarios, dado el maridaje paradójico entre su estupidez y sus consecuencias. Son capaces de crear los entreveros, los corcoveos y las discusiones de mayor inutilidad imaginable. Pero a veces, y eso es tristísimo, enferman de gravedad y por tiempo prolongado, relaciones que deberían seguir su paso, más allá de cualquier matiz, a la búsqueda conjunta del porvenir.
Los franceses llaman escándalo a un hecho injustificable, inaceptable, absurdo, del porte del que estoy contando, lector.
Bien, éste es un escándalo.
¿Quién fue el primero o la primera que abrió la boca y provocó el despelote en el Congreso de la Federación Rural en Mercedes?
No se sabrá. Esa es la otra perversión del fenómeno: un anonimato espeso, muy bien cuidado. Alrededor, mucha gente que disimula, que chifla y mira hacia arriba, que hace un gesto y pide la otra, como si se sintiera ajena.
¡Andá’veriguarlo’ntre tanto’ boca’bierta’ que recula’ cuando s’arma’l bolonqui! diría el Negro Collazo, con aplastante lógica de boliche.
Entre tantos otros peligros, la política uruguaya debe hallar la forma de escapar de éste, tan antiguo y tan dañino.
Del que t’habla en l’oreja y se pianta o del que repite como loro, sin pensá’, vo’ deconfiá… -consejo de Ruedita.
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