Inflación
Hay una inflación que no ha podido ser detenida, que sigue creciendo a una velocidad, tal como dicen los economistas, exponencial.
Es la inflación de las ideas y propuestas de país del futuro que caen encima de los ciudadanos. Una colosal inundación que amenaza ahogarlos: otra de las características reveladas por esta campaña preelectoral tan ecléctica y agitada. No hay candidato, venga de donde venga, que en las últimas semanas haya olvidado multiplicar sus contribuciones al porvenir.
Esto puede tener diversas consecuencias. La que más me preocupa es la simplificación; debido a lo nutrido y diverso de la información recibida, a lo naturalmente complejo de su composición y a que a cada rato aparece algo nuevo, el ciudadano común abandona el intento de razonamiento crítico y se refugia en la confortabilidad de su militancia ideológica o política, o en ciertas antipatías históricas, para dar su aprobación o su rechazo.
No piensa, siente.
¿Acaso eso es malo moral o éticamente? No. Pero, quiérase o no, políticamente es una huida.
El ciudadano hace decir que no está o cruza a la vereda de enfrente para que no lo vean, al decir inefable de Wimpi; construye la filosofía de la inacción o de la omisión para eludir un compromiso intelectual, no pasional; se escamotea la posibilidad ya no de elegir sino de hacerlo con más responsabilidad, e incluso de enriquecer, con su propio aporte, lo que le parece más plausible entre tanta oferta recibida.
Por cierto, hay cosas probables e improbables, posibles o imposibles, imprescindibles o innecesarias, racionales o delirantes.
Si la mayoría no hurga en esa inflación, no investiga ni contrasta usando la lógica, el concepto de ciudadanía se deteriora.
Queda achicado al hábito imperturbable de Ruedita:
Yo defiendo a Riba’… E’ un gladiadó…
¿Y en política, che?
Ah… ¡A muerte con el Pepe!
¿Entonces entendiste su proyecto de país?
Se’gual… Me gusta cómo lo dice… Parece Carlito’ Molina…
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