LA COLUMNA AMARILLA

El peligro

De pronto, como si se hubiera desatado sobre Uruguay una tormenta tropical, estamos rodeados de peligros.

No, no, pensándolo bien, debo singularizar: es el peligro. Uno solo.

Causa más temor que la fiebre porcina, que tiene de cabeza al Ministerio de Salud Pública y locos de alegría a los farmacéuticos, que venden alcohol en toneles.

Más temor que la crisis de Peñarol, que ha empujado a medio país al borde del colapso cardíaco y a Julio Ribas a consultar, desesperadamente, a quienes leen cartas del Tarot, al Toto Da Silveira y al sordo González.

Más temor que Luis Hierro López criticando la marchita musical que caracteriza a la propaganda de Pedro Bordaberry porque le sintió ­¡que alguien me confirme que es en serio!­ un tufillo fascista que mete miedo.

Más temor que la campera colorado rabioso, estilo baliza de atunero japonés, que se puso el ignoto candidato batllista Pedro Etchegaray en su primera ­¿y quizás última?­ aparición televisiva.

Más temor que Lacalle amenazando, si gana el gobierno, con flexibilizar las medidas contra el consumo de tabaco, aunque no llegó a prometer que bajaría el precio de los habanos. ¿Y el whisky, Cuqui?

Señores, el gran peligro ante el cual nadie está inmune son las fuentes.

¿Las de losa, para los tallarines? No. Las que revuelven rumores, versiones y trascendidos políticos a los que muchos periodistas, distraídos supongo, otorgan el certificado de verosímiles y los desparraman por todas partes. ¿Consecuencias? Constantes desmentidos ­furiosos, acalorados, irónicos, sarcásticos, indignados, prudentes, mal hablados, ingeniosos y hasta humorísticos­ de los involucrados, sin excepción.

¿En qué camino de nuestro sacrificado oficio se perdió aquella vieja lección de contrastar las fuentes, de chequearlas, de ponerlas a prueba, de desconfiar por sensatez de ellas?

Recordemos, colegas, la promesa de Thomas Wolfe: ­No volveremos a golpear la pared durante las noches gritando: «¡Más no!».

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