LA COLUMNA AMARILLA

Daisy

Recuerdo haber recibido el nombramiento de Daisy Tourné como ministra del Interior con afecto y alegría. El afecto es mutuo, profesado desde que nos conocemos. La alegría fue mía porque celebré lo que creí un acierto.

Daisy es una mujer inteligente, trabajadora, con mucho oficio político y un carácter fuerte que, para el caso, parecía esencial. Conjeturé que el cargo le sentaría, no le sería pesado y, en la medida como jugaran las circunstancias que van más allá de la voluntad humana, prestaría un buen servicio al país.

Sigo pensando igual, aunque admita que el tiempo es feroz desgastando a la gente y que, en coincidencia con el inicio de la campaña preelectoral, se hizo leña con ciertos hechos inconvenientes que dañaron su imagen más que su función.

Mi único dolor ­de amigo que no borra con el codo lo que escribe con la mano­ es que no pudo, vaya a saberse a partir de qué momento, con esa cosa que se mueve en las sombras y a la que no se combate con retórica ni con cataplasmas: la presión, y no precisamente arterial.

La política, en los topetazos cotidianos de la acción ejecutiva, es un asunto tramposo, lleno de piedras al paso, hendiduras disimuladas en el piso y motosierras con afán de cortar cabezas.

Quizás el error de Daisy, alguien que se conoce en sus luces y en sus sombras, fue convencerse de que podía con el desafío sin honrar las apariencias. Quizás no pensó que iba a ser minada sin contemplaciones. Quizás creyó que podía ser la misma de siempre, la militante y la parlamentaria frontal, fogosa y a veces muy audaz, sin que nadie le pidiera cuentas.

Si por ser ella misma ­más allá de errores objetivos de los que nadie está a salvo­ pagó el precio de la renuncia, creo que estará durmiendo tranquila, con la conciencia en paz, sabiendo que, en todo caso, hizo otro tributo a su mismidad.

Eso es tener estilo, aunque para ciertos cargos semejante coherencia no le permita dar la talla que el convencionalismo impone.

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