OBAMA, DE PALESTINA A LA CIDH
La llegada del Presidente Obama al sillón de la Casa Blanca ha concentrado aún más el zoom con el que sus gestos, discursos y políticas son enfocados. No es para menos.
Nadie podría encarnar mejor, dentro de las posibilidades concretas de la política real norteamericana, los ideales mancillados de simple igualdad de minorías étnicas, inmigrantes y excluidos. Nadie tendría mejores condiciones de sustento, nacional e internacional, para comenzar a desmontar una estructura terrorista imperial como la que erigió su país asolando al mundo. Nadie, tampoco, concentraría las exigencias de cambio efectivo que, con cada vez mayor énfasis, comienza a recibir del mundo entero. Varios aspectos del carácter elusivo o directamente contradictorio de sus respuestas a estas demandas tuvimos ocasión de discutirlos en estas contratapas ¿Cómo no dejarse ganar por la desazón y la indignación luego de un discurso como el que pronunció ante la tenebrosa CIA, garantizándoles impunidad y continuismo maquillado?
Sin embargo, resulta fundamental que las exigencias no declinen por desencanto o resignación. Así como su entronización en el vértice de la pirámide imperial es consecuencia de largas demandas y luchas de los marginados de su país, su política exterior reconocerá, aún parcial y aletargadamente, la resistencia del resto del mundo a la inercia reproductiva del terrorismo imperial. El cuestionamiento al neoliberalismo que viene experimentando buena parte de América Latina, junto a la debacle económica de los países centrales, confirma tres aspectos regularmente observables de la experiencia de los años recientes.
1) Que el cambio reformista en general es real, posible y efectivo. No es revolucionario en el sentido de alterar las relaciones capitalistas de producción, sino simplemente las relaciones de fuerza entre el capital y el trabajo, entre centros y periferias. Que no es poco.
2) Que demora mucho más que nuestros deseos y expectativas.
3) Que su conquista no es permanente sino inestable y amenazada, requiriendo permanentemente de mayores cambios y de la defensa de los mismos.
El bonapartismo imperial de Obama es indudablemente un pequeño gran paso adelante respecto al hegemonismo terrorista de Bush o a la derrotada alternativa continuista de Mc Kein. Aunque más en lo discursivo (que a falta de «programa» constituye un anclaje indispensable para luchar y reclamar por la implementación de políticas declamadas) que en acciones concretas verificables, concitó en esta semana el interés de la prensa internacional en dos movimientos relevantes. En lo discursivo, la demanda por la creación de un estado palestino y, en el plano político concreto, la concesión, seguramente a disgusto, de consenso en la reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA). Si esta expresión que acuño, la «concesión de consenso» algo expresara, es precisamente la del reconocimiento de la presión del entorno, producto del cambio real en la correlación de fuerzas.
Si se le otorga además valor y materialidad fáctica a la expresión discursiva, la exposición en la Universidad de El Cairo constituye un cambio contundente en la línea histórica imperial respecto al Oriente Medio. No por las previsibles generalidades diplomáticas de buenos deseos de «nuevas relaciones con el islam» o de «expectativa de gestos positivos», del mismo modo que su cita del Corán. Tampoco por el hecho de que se encuentren matizadas e inclusive contradichas por algunas otras igualmente genéricas de tono inverso como la atribución de «prejuicios antiestadounidenses». Sería bastante improbable que países islámicos aún hoy ocupados por Estados Unidos y sus aliados cultiven afecto por sus invasores. Sino fundamentalmente por el señalamiento del carácter «intolerable» de la situación del pueblo palestino y la reivindicación del principio de «dos estados para dos pueblos» y la exigencia del «cese de la colonización judía». Aunque al mismo tiempo subrayó el «vínculo inquebrantable» de Estados Unidos con Israel, el giro es insoslayable.
No obstante, el contexto es muy diferente allí que en América Latina por las correlaciones de fuerza específicas. Todo el arco político israelí está estructurado por la derecha y liderado por la intransigencia de Netanyahu. Esto hace que la alternativa biestadual no sólo no sea ideal sino además de muy difícil implementación práctica. Es que, para decirlo en términos de la ceñida y ácida expresión de José Pablo Feinmann, el mundo islámico y agregamos- el sionista, necesita urgentemente una revolución francesa. No es ilegítima la reivindicación palestina de «su» estado mientras sea un pueblo ocupado, sojuzgado y masacrado, pero tras de sí no sólo arrastra su teocratismo, sino el del propio estado verdugo realimentando el atraso conjunto. Cuanto mejor sería para ambos pueblos una alternativa, como la actual boliviana por ejemplo, de un único estado laico plurinacional por oposición a dos estados confesionales, es decir premodernos, insecularizados. Pero la historia no es el devenir de la razón, de los deseos o la planificación fluyendo dinámicamente, sino un fango denso y complejo formado por sedimentos de intereses -generalmente estancados- en los que los pueblos hunden sus pasos intentando avanzar. También es la tinta con la que finalmente se plasma y justifica- la escritura.
Las dificultades prácticas no son menores, ni se centran con exclusividad sobre los palestinos. En primer lugar porque si tal como reclama Obama cesa la colonización, ¿cuál podría ser el territorio palestino si una proporción enorme se encuentra ya colonizado, incluido el este de Jerusalem? ¿El punto de partida debiera ser el de la distribución geográfica actual donde los hechos bélicos e invasivos consumados sólo le reservan a los palestinos fragmentos territoriales dispersos e inconexos entre sí, incluyendo a la amurallada Cisjordania? El hipotético Estado palestino ¿debiera erigirse entonces entre los escombros de los bombardeos, desde la penuria del bloqueo y sobre el archipiélago territorial entre un mar de controles militares fronterizos, murallas y aislamientos? Quizás no deba ser el pueblo islámico en general, ni el palestino en particular, el principal destinatario del discurso presidencial, sino su propio aliado histórico en la región. Si su propósito es revisar los resultados de su política exterior, con quién deberá hacerlo es con Israel. De lo contrario, la contradicción entre la realidad y sus propósitos resultará dilemática ya que, a diferencia de América Latina, solo encontrará en su aliado una férrea derecha intransigente.
No faltará quien sostenga que el cambio discursivo resulta exclusivamente cosmético, sin intenciones de mudanzas sustanciales o de contenido. Aún si por un momento se sospechara metodológicamente, necesariamente surgiría la pregunta acerca de tal modificación y sus posibles beneficios. Bush no la necesitó para ejecutar su proyecto hegemónico y unipolar, caracterizándose, al contrario, por no tener fisuras ni dilaciones entre sus discursos y sus políticas. ¿Para qué exponer entonces contradicciones o exhibir debilidades? Porque son reales. Obama reconoce y expresa nuevas correlaciones de fuerzas internacionales y contradicciones propias que lo obligan a reconocimientos y tímidos intentos de rectificaciones.
En el plano de las políticas concretas, no podría soslayarse la reciente resolución consensuada de la OEA anulando la de 1962 que suspendió a Cuba como miembro activo de la organización. Tampoco que el espacio restante de esta columna aconseja posponer la discusión para otra oportunidad. Sin embargo, este organismo también consensuó una designación de particular implicancia para el Uruguay, con escasa reverberación en la prensa que merece ser atendida. Alberto Pérez Pérez fue designado juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). A priori podría parecer uno de esos cargos semidiplomáticos con los que se premian (o se apart
an) a determinadas personas, pero en verdad es una expresión más de las nuevas relaciones de fuerza señaladas. La función de la CIDH es la aplicación e interpretación de la Convención Americana sobre Derechos Humanos y muchos otros tratados determinantes sobre el tema, constituyendo un organismo autónomo, dependiente de la OEA.
Que alguien con la trayectoria intachable en el movimiento de derechos humanos y víctima de la represión, como el catedrático Pérez Pérez, integre el organismo en momentos en que van saliendo a la luz pública las monstruosas violaciones que países miembro perpetraron -y aparentemente continúan perpetrando- como Estados Unidos por caso, es un inmenso avance en el saneamiento de esta OEA degradada. No cabe duda de que el Uruguay y el FA, que se propone anular en lo inmediato la Ley de Caducidad y en un futuro encarar un debate sobre la reforma constitucional, pierde con el enroque a una figura histórica de los derechos humanos, a uno de sus máximos constitucionalistas y la experiencia universitaria de un ex decano. Sin embargo, planta una bandera que seguro ondeará siempre en la CIDH por la libertad y dignidad humanas.
Tal vez mi valoración política de este hecho esté además cargada de nostalgia, por la exaltación de derechos humanos expresados en el simple detalle cotidiano. Jamás olvidaré la solidaria hospitalidad de Alberto y su familia acogiéndome en mi primer exilio en Nueva York recién superada la adolescencia. Tampoco su sofá y su contención, aunque ya cuente décadas sin volver a verlo.
|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. [email protected]
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