CARA DE YO NO FUI

En diversos actos públicos he recordado la vieja maniobra de los candidatos blancos y colorados que, llegado el año electoral, tomaban distancia de su propio gobierno y con un disfraz de discurso casi opositor, con «cara de yo no fui», pedían el voto ciudadano como si nada hubiera pasado. Es fácil detectar nuestra abismal diferencia. Estamos tan orgullosos de nuestro gobierno que no sólo lo defendemos sino que sus aciertos y sus conquistas representan las bases de nuestro discurso electoral.

Durante el llamado a sala al ministro de Economía, Alvaro García, legisladores blancos y colorados criticaron con dureza una carta de Danilo Astori que fue leída por la senadora Dalmás. En la discusión volví a afirmar que Danilo Astori y todos los frenteamplistas no nos hacemos los desentendidos, no disimulamos ni ponemos «cara de yo no fui» con respecto a la actuación de nuestro gobierno. Nosotros no nos borramos y en la campaña electoral nos hacemos cargo de toda nuestra gestión, representando en todo a nuestro gobierno.

El Dr. Luis Alberto Lacalle, que se considera el seguro ganador en la interna nacionalista, reclamó que cualquiera fuere su contendor como candidato del Frente Amplio, «no me vaya a venir con cara de yo no fui». La advertencia realizada tiene el valor de una confesión. La desconfianza proviene de las prácticas que han desarrollado los propios candidatos de los partidos tradicionales en cada campaña electoral.

Lacalle lo sufrió en carne propia y no fueron heridas leves. Buena parte de sus propios correligionarios y ni qué decir, los socios colorados que compartieron con él la mayor parte de su gobierno, una vez llegado el tiempo electoral atacaron sin piedad la gestión del hoy nuevamente aspirante a la Presidencia de la República. Con esa experiencia a cuestas, nada se le puede achacar al ex mandatario. Cualquiera quedaría marcado a fuego después de la descomunal metralla recibida, por parte de quienes lo vivaron y fueron sus compañeros de gestión durante cuatro años y medio.

Lo que resulta incomprensible es por qué la advertencia va dirigida al futuro candidato del Frente Amplio. ¿Por qué Astori o Mujica deberían poner «cara de yo no fui», si nuestra principal fortaleza, radica en los propios resultados de nuestra gestión de gobierno? Los avances conseguidos por el gobierno del Frente Amplio están a la vista y constituyen los resultados más importantes que se han conseguido en mucho, pero mucho tiempo.

¿Por qué extraña razón no nos haríamos cargo de la gestión de gobierno más exitosa de los últimos sesenta años? ¿Por qué no habríamos de sentirnos orgullosos de haber conseguido el menor desempleo en Uruguay desde que comenzó a medirse? ¿O de haber obtenido la mayor cantidad de personas ocupadas que se haya registrado? ¿Por qué no deberíamos asumir con satisfacción haber asignado el mayor presupuesto para la educación de toda la historia? ¿Deberíamos disimular acaso que fuimos los creadores del Sistema Nacional Integrado de Salud, que incorporó al sistema mutual a quinientos mil niños que antes no poseían cobertura?

¿Por qué no habríamos de reivindicar el aumento del poder de compra del salario real, el más alto de toda su historia? ¿Por qué desentendernos de lo que fue el exitoso manejo de nuestra deuda pública? Sería ridículo poner «cara de yo no fui» ante los más de siete mil uruguayos de escasos recursos que recuperaron la vista gracias a la política de asistencia de nuestro gobierno. ¿Nos negaríamos el placer de reconocernos como el primer país en el mundo que desarrolla un plan nacional de una computadora portátil por cada niño o niña en edad escolar? ¿Habría algún frenteamplista capaz de tomar distancia del Plan Ceibal y argumentar que no debimos emplear los 100 millones de dólares que demandó su aplicación?

¿De qué deberíamos desentendernos? ¿Del mayor crecimiento del PBI de toda la historia? ¿De los mejores resultados en cuanto a inversión de los últimos 50 años? ¿De haber logrado reducir a la mitad la cantidad de uruguayos que viven bajo la línea de pobreza, con respecto a cuando asumimos? Quizá deberíamos olvidar el haber aumentado al máximo histórico el gasto social del Estado, de haber desarrollado exitosamente el Plan de Emergencia o de haber destinado la mayor inversión en obra pública en varias décadas.

No podríamos desentendernos de nada, por elemental sentido de responsabilidad. Pero igualmente, ¿qué tonta razón podríamos tener para tomar distancia de nuestra propia gestión de gobierno? Sobre todo, cuando tenemos la oportunidad de exhibir nuestros resultados para que toda la ciudadanía compare nuestra gestión y nuestro desarrollo con el tembladeral y la mediocridad de las anteriores administraciones, conducidas por blancos y colorados asociados.

Pero hay una operación política muy ambiciosa en marcha. Blancos y colorados intentan convencernos de que los fracasos del pasado, los desastres registrados en los gobiernos anteriores, no tienen responsables. El país se hundió como consecuencia del destino, del mundo, de la mala suerte, de factores nunca achacables a la mala administración y a las malas políticas empleadas. No hubo fracaso. Es como si ellos no hubieran gobernado, pese a haber estado siempre en el gobierno. Nadie se hace cargo del pasado, no hubo errores, no hubo malos gobiernos. Por eso, hoy se puede criticar ferozmente y sin ningún empacho al gobierno del Frente Amplio y responsabilizarlo de los peores males del país, que casualmente se precipitaron durante los últimos veinte años anteriores a nuestra gestión.

Según el discurso de blancos y colorados, el gobierno del Frente Amplio es el responsable de todo lo ocurrido, parece que hubiera gobernado siempre. Es el montaje político más patético que he visto en toda mi vida. Un intento de confundir a los electores más inseguros y de menor memoria histórica. Es difícil entender quien podría consumir semejante fiasco, pero nos marca cuál es el grado de desesperación con que la derecha intenta recuperar posiciones.

Es parte de la lección que tenemos que entender. La victoria del Frente Amplio en octubre no está segura. Hay un grupo muy importante de ciudadanos, que representa alrededor de un 10% de nuestro electorado, que no tiene partido político y que no posee ninguna lealtad electoral a priori. Es la porción de votantes cuya decisión, prácticamente, define la elección nacional. La derecha va a dirigir todo su mensaje y su fuerza de comunicación hacia ellos, va a tratar de disuadirlos, de alarmarlos, tratando de impedir que acompañen al Frente Amplio. La estrategia que sintetiza la «cara de yo no fui» y otras que vendrán, tratará de atacar nuestra imagen de solidez y nuestra credibilidad, para debilitar nuestra confiabilidad frente al sector más esquivo y menos comprometido de todo el electorado.

Por ello debemos actuar con madurez, sin correr riesgos que comprometan nuestra posibilidad de victoria. Ajustar nuestras respuestas, respetar los márgenes programáticos que establece nuestro programa común, establecer un mensaje muy consistente y confiable acerca de nuestra orientación económica, representan activos indispensables para poder sortear obstáculos. Conformar la fórmula electoral que reúna a Astori con Mujica, que ya sabemos, es la única que tiene chances ciertas de ensanchar nuestro electorado para una victoria en primera vuelta, representa a esta altura un recurso de sentido común para luchar por ese objetivo.

|*| Senador,  Nuevo Espacio FA 

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