Es otra cosa
Ruedita me dijo un día: -Yo’scucho al viejo Plomada. Me llev’año’ chupando grapa y caña. ¿Sabé lo’ conocimiento’ que tiene?
He recordado esta ingenuidad, que tal vez no lo sea tanto, porque ha vuelto a plantearse en la campaña preelectoral una distinción inconsistente acerca de la vejez, la juventud y las ideas.
El senador Larrañaga ha insistido. La opción en las elecciones nacionales será entre «un candidato cargado de años y cicatrices» en obvia alusión a Mujica- y el proyecto de «renovación wilsonista» que él encabeza.
Ya resulta penoso que gente instruida siga usando un argumento que la ciencia, hace siglos, ha destruido.
Ciertamente, todo partido político requiere de la renovación, ya generacional, ya de ideas, para no morir ni momificarse. Pero ni la vejez ni los hechos del pasado son siempre una hipoteca o un embargo, de igual modo que la juventud no es un cheque en blanco que asegure un porvenir venturoso.
Es, sencillamente, biología pura: hay viejos que tienen la cabeza muy abierta, nueva, capaces de haber movido el pensamiento de modo positivo, y hay jóvenes con la cabeza cuadrada y lacrada, convertidos en un riesgo de ansiedad y confusión; también es verdad que hay jóvenes brillantes y sólidos, a los que les falta espacio y oportunidades, y que hay viejos achacosos, mental y físicamente, cuyo destino no puede ser el servicio público más trascendente sino un geriátrico.
Bertrand Russell, murió a una edad muy avanzada y dejó clarísimo que los años enriquecieron su capacidad intelectual, su tolerancia, su solidaridad y su benevolencia, convirtiéndolo en una referencia universal.
Mozart, en cambio, murió muy pronto, cuando aún tanto podía aguardarse de su genio, ése que a los cinco años le había permitido dominar el piano, el violín y la composición, fundando luego, podría decirse, la música moderna.
Querido senador sanducero: respetad vuestra propia inteligencia y no oséis joder más con la edad ajena.
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