BENEDETTI

Los lectores saben que hemos escrito mucho sobre burocracia. Fueron variaciones sobre un viejo tema mejor tratado por eminencias magistrales y, a lo sumo, complementos referidos a estos concretos momentos históricos del Uruguay.

Y hubo maestros nacionales leídos en nuestra juventud como Real de Azúa o especialmente Mario Benedetti quien ya por 1960, en su libro «El País de la Cola de Paja» (que mucho recomendamos releer por su actualísima vigencia) decía al comienzo del capítulo denominado «Rebelión de los Amanuenses»:

«Si mi intención fuera dar a este capítulo un color satírico, tendría que empezar diciendo que el Uruguay es la única oficina pública del mundo que ha alcanzado la categoría de república.»

Y termina dicho insuperable tramo diciendo:

«Esta rebelión de los amanuenses no honra ciertamente al país; ni excusa a los jerarcas, ni disculpa a los rebeldes. Más bien trae consigo un desaliento, en primer término porque se trata de una actitud que está seduciendo a la gente joven, y ese carácter la hace aún más desgraciada, y luego, porque insensiblemente está dejando de ser una pequeña miseria individual, una mera cicatriz desagradable y aislada, para transformarse en un rasgo colectivo, en una especie de gen moral que, en cercano futuro, será trasmitido de generación en generación, sin que su existencia llegue a provocar ese mínimo escozor alérgico que todavía hoy se siente en la conciencia».

Ese Tratado (de antología) Sobre la Burocracia Nacional fue escrito, repetimos, en 1960. Eso es lo más grave.

Porque su profecía se cumplió hasta el hartazgo, llegando a honduras insondables que ni Benedetti pudo imaginar: son las que hoy nos aquejan paralizando cualquier proyecto bienintencionado, provenga de donde provenga.

Aunque la denunció, no pudo imaginar hasta que cumbres podía llegar la perfección de tal maldad.

Ha pasado medio siglo, e incluso dictadura mediante, dicha plaga no sólo no se extinguió sino que se reprodujo llegando entre otras calamidades al terrorismo de Estado.

El monstruoso engendro ya previsto por Mario siguió creciendo hasta dominarlo todo. Murió viéndolo con espanto.

Viendo a su Frente Amplio, esperanza crucial, lidiando casi en vano contra esa hydra infernal (la de mil cabezas) armada con infinitos seudópodos, garfios, ventosas, tentáculos, colmillos, venenos, palos para ruedas, anclas, cadenas, peajes, barreras, expedientes, cometas, parapentes, mostradores, sunchos, morsas, paracaídas, bulones, corchos, cepos, reflectores, pitos, y demás incontable orfebrería vulcanizada para multitudinarios, y hasta sublimes en su género, ominosos sellos de goma.

Amparada (con sus sellos) en su invicta guardia suprema de ingentes y acorazadas falanges macedónicas de hoplitas especializados en tratados de Derecho Administrativo y demás torturas y murallas por el estilo, inteligentemente perpetradas y construidas para eso, en base a pesadas cuanto muy bien remuneradas rocosas erudiciones de mampostería (obviamente a cargo del Presupuesto de la Nación copada por ellos).

Fue mucho más fácil tomar La Bastilla, Monte Casino, Berlín o el Palacio de Invierno que escalar hoy tales inaccesibles, altísimas y abruptas almenas artilladas. Debe ser por eso que el Imperialismo del siglo XX y el de hasta ahora, no se animó, jamás, a invadirnos y, lo que es peor, ocuparnos. Quedaría licuado como por ácido, en el horrendo jarabe pantanoso de nuestra ya proverbial y temible burocracia. Corroído.

Y no se crea ni por un momento que esta invasora plaga dominante abarca sólo al Estado: metastasió (perdón) partidos políticos, sindicatos, ONG, clubes deportivos gloriosos otrora, asociaciones deportivas y hasta de rummy canasta, mutualistas, empresas privadas y otro larguísimo etcétera.

Vaya un ejemplo entre infinitos posibles:

Para tomar la Primera Comunión, la Iglesia Católica uruguaya exige a las niñas y niños tres años de catequesis. «Prácticamente una licenciatura», al decir genial de un profesor universitario, sufrido padre anónimo de tales víctimas y, a pesar de todo, todavía perspicaz (porque nos vamos acostumbrando).

¡La plaga colonizó los sacramentos!

¡Es de no creer!. Pero hay que creer o reventar y, de renunciar a lo primero, reventaremos inapelablemente y sin más trámite, pena, ni gloria. En forma impune y lo que es peor, inadvertida. La plaga anunciada hace medio siglo por Benedetti nos copó el ADN (como él temía).

Pero Mario se fue el domingo y el martes lo llevamos.

Cuando tan fundamental cortejo salía del Palacio Legislativo, tal vez alucinados, mirándolo y viéndolo, mirando para tratar de ver, sentimos que se iba un tramo largo de la historia y de la izquierda uruguaya, regional y continental.

El decisivo tramo que desde mediados de la década de los cincuenta del siglo pasado hasta hoy, nos vino trayendo, como «a pulso», hasta aquí.

El que se acabó como la vida de Mario o la de Idea Vilariño pero a la vez el que fundamenta, sólidamente, los caminos del futuro.

Nos queda el compromiso de hacer lo mismo que hicieron ellas y ellos: pensar hasta con temeridad el presente para iluminar el mañana. Aceptar el riesgo de ser herejes ante el «discurso políticamente correcto». Porque faltó decir que aquel Ensayo de Mario Benedetti que hemos citado, hartamente corroborado por evidencia histórica, fue en su momento (1960) sesuda y acerbamente criticado, tanto desde la izquierda, como desde la gigantesca cola de paja de la derecha que se sintió (un poco de epidermis le restaba) aludida.

Atacado con furor y malevolencia. Insultado desde la diestra y la siniestra por atreverse a decir lo que dijo (y que todos sabían). Hasta lo ridiculizaron.

Conociendo que esos denuestos y peligros iban a caerle, igual lo dijo. Tuvo a favor el gigantesco consuelo de que, mientras esas minorías áulicas rechazaban airadas su ilevantable denuncia, el pueblo, que no acostumbraba igual que ahora leer libros, compró el suyo como pan caliente. Desoyendo a «críticos especializados» y a guarangos (Benedetti los define y desenmascara insuperablemente y para siempre). Lo peor es que cuando la Historia confirmó la tan atacada profecía, ambos especímenes guardaron un profundísimo silencio. Hasta hoy.

Más allá de homenajes facilongos, hay muertos elocuentes.

|*| Escritor, senador de la República.

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