La penitencia
Si uno presta atención a lo que dicen las encuestas a medida que se acercan las internas esfuerzo que un buen cristiano podría reputar desmedido, inútil y hasta masoquista-, advertirá que funcionan como una penitencia.
Bueno, quizás lo imagino así, de repodrido que me tienen con semejantes espasmos y anadeo.
Y digo penitencia y no premio porque lo que provocan en las distintas tiendas políticas es conmoción, con la consecuencia del alza inevitable de la presión arterial, del colesterol y de los triglicéridos. También provocan cambios de estrategia y unos tropiezos innecesarios.
¡Qué variabilidad!
Esta semana les toca a éstos, la próxima a aquéllos, la siguiente quién sabe, con el añadido de que no es una encuesta de una sola empresa sino varias. Hay que caminar con la espalda contra la pared, las manos atrás y todos los parapetos imaginables adelante. Por las dudas.
Imagino al encuestador de turno diciendo:
-Pues bien, os ha tocado bajar. Sentaos en ese rincón, que ya veré yo si la semana entrante os quito el castigo. ¿Qué digo? ¡Por las barbas del profeta! Serán los ciudadanos consultados quienes expresarán su pensamiento sobre vosotros. Quizás hasta halléis una recompensa. ¿Cómo podría saberlo hoy? Mientras tanto, rezad y encomendaos a la voluntad popular, acerca de la cual haríais bien en imaginar cómo alegrarla.
Pero la cosa está en que no es un mensaje unánime, ni siquiera de consenso y, por tanto, colectivo. El que en una encuesta marchó a la penitencia, en la otra recibió una gracia que tal vez ni esperaba:
-A vosotros os ha bendecido el soberano. Es decir, unos cientos de representantes de él a los que hemos pedido opinión. Celebrad moderadamente, persistid en el esfuerzo en el que estáis inmersos y también rezad, pues el viento es caprichoso e infla las velas y cambia de rumbo en un santiamén.
¿Estarán haciendo honor a aquel famoso aforismo de Fontanarrosa?: -No soy dueño de la verdad. Sólo la alquilo.
Compartí tu opinión con toda la comunidad