LAS DISCUSIONES PROGRAMATICAS EN LA CAMPAÑA ELECTORAL

Por primera vez, estamos viviendo un año electoral con un gobierno del Frente Amplio. Las discusiones de la campaña pueden versar sobre múltiples aspectos de la vida nacional. Generalmente, predominan los temas económicos y, en los últimos tiempos, el problema del empleo ocupaba, por lejos, el primer lugar de preocupación de la opinión pública. La novedad es que en las últimas encuestas el tema de la seguridad pasó a primer plano. No es un tema nuevo ni sencillo. Tiene profundas raíces económicas y sociales, donde la fragmentación social, la pobreza y las desigualdades se ubican en el centro de su explicación. La drogadicción se agrega como una de las causas principales. Pero estos temas se resuelven en el mediano plazo y la sociedad demanda acciones concretas, que pasan por algunas formas de represión, por acciones del Poder Judicial, con mecanismos que permitan una mayor eficacia de instituciones como el INAU y especialmente por la capacidad de las familias para influir sobre sus hijos menores y reencauzarlos en su accionar. Es un grave problema político que requiere de la participación de todos los partidos, de la sociedad y de múltiples instituciones con acciones multidisciplinarias. Es un gran tema de políticas de Estado, donde más que confrontar es indispensable ayudar y colaborar a fin de encontrar las mejores salidas para el conjunto de la sociedad. No debería ser, por lo tanto, un tema de la campaña electoral, aunque no es sencillo convencer a los distintos candidatos que pugnan por mejorar su situación electoral.

Los problemas internacionales no parecen ser temas relevantes de la campaña, aunque la asunción de Obama en Estados Unidos marca nuevos horizontes mundiales y regionales. Siempre están presentes las discusiones del Frente Amplio con los partidos opositores -e inclusive dentro del FA- sobre un Tratado de Libre Comercio con EEUU, actualmente muy lejos en el horizonte, o las diferencias sobre el papel del Mercosur y la integración y cooperación regional. Tampoco surgen como temas relevantes de discusión el de los derechos humanos o el papel de las Fuerzas Armadas, aunque habrá un plebiscito que decidirá el futuro de la Ley de Caducidad. Los aspectos económicos siempre estarán presentes en la campaña electoral. El Frente Amplio se presenta con su tradicional programa único. El Partido Colorado no tiene programa único y, seguramente, se presentarán las propuestas conservadoras de Pedro Bordaberry, que marcarán la casi inexistencia del viejo batllismo. El Partido Nacional tampoco presenta un programa único, que intentará concretar luego de las elecciones internas. En esencia, el Frente Amplio es el único que presenta un programa completo al que todos los precandidatos adhieren y sostienen. La antigua «colcha de retazos» es la que se presenta más unida y ya demostró, durante el gobierno conducido por Tabaré Vázquez, su capacidad de gobernabilidad, de unidad y de disciplina partidaria.

Estamos viviendo una profunda crisis económica internacional, con alta recesión en los países desarrollados que se asemeja a la crisis de 1929 y que no encuentra salidas sencillas. Especialmente no se logra la confianza indispensable en el sistema financiero de EEUU, ni tampoco la confianza de los consumidores de dicho país. Esta recesión nos afecta significativamente. Por ello es relevante utilizar la crisis como una oportunidad para reflexionar sobre nuestros estilos de desarrollo, sobre los modelos económicos imperantes para encontrar propuestas que limiten los efectos negativos de las crisis que se ocasionan en los países desarrollados. Esto significa pensar el mediano plazo, pensar en proyectos nacionales que abarcan lo económico, lo social, lo político y lo cultural, y que no pueden estar desligados de la necesaria e imprescindible integración y cooperación regional. Esto también requiere de lineamientos estratégicos muy abiertos y flexibles para tener en cuenta las modificaciones de los precios internacionales y especialmente la extraordinaria velocidad de los cambios tecnológicos. Ello nos lleva a fijar un rumbo, un norte, un horizonte para una futura estructura productiva que atienda prioritariamente la competitividad y el empleo. Y ello se debe complementar con una estrategia global para resolver los grandes problemas sociales, como la fragmentación, la pobreza y la desigualdad. Sin embargo, sentimos que las discusiones de la campaña pasan por los problemas de corto plazo, que es la visión de una amplia mayoría de los economistas que aparecen en la opinión pública. La política fiscal se ubica en el centro de sus pensamientos económicos y la analizan antes que nada desde el ángulo financiero. Que no haya déficit fiscal, que se limite el gasto público para que baje la presión tributaria… Su trasfondo es minimizar la intervención del Estado y permitir que el libre juego del mercado y el sector privado sean los grandes protagonistas del crecimiento económico. Una mala política fiscal genera inflación, genera deuda externa, limita las inversiones privadas y aumento del desempleo. Esta es la ortodoxia del FMI que se derrumbó con la actual crisis mundial. La realidad muestra a los países desarrollados profundamente preocupados por el empleo, y por lo tanto proponen mayor gasto público y se despreocupan del déficit fiscal que hasta el momento no les genera inflación. En Uruguay los economistas de la oposición critican el aumento del gasto público por sus potencialidades inflacionarias, por el déficit y su financiamiento con mayor endeudamiento, y por los efectos sobre la inversión privada. Las cifras proporcionadas por el gobierno no muestran esas tendencias. Las necesidades de financiamiento para el año 2009 están cubiertas y la inversión privada se mantiene dinámica pese a la crisis internacional. Pero lo más relevante lo constituyen los descensos de los ingresos y egresos fiscales con respecto al PBI. Los egresos del gobierno central más los gastos del Banco de Previsión Social financiados por Rentas Generales alcanzaban el 28% en el trienio 1999-2001 y bajan al 26,5% en el trienio 2005-2008. Reiterando el descenso durante el gobierno del FA, en 2004 alcanzaba al 27,7% bajando en 2008 a 25,6% del PBI. Claramente el gasto público creció por debajo del aumento del PBI. Pero además la política fiscal no se puede analizar exclusivamente desde el ángulo financiero porque el gasto público y, en especial, el social, es un componente esencial para atender los graves problemas sociales de Uruguay. Para la mejora de la distribución del ingreso es mucho más relevante el gasto social que una mayor equidad en los ingresos tributarios. Pero también vale la pena señalar que la presión tributaria -los ingresos fiscales sobre el PBI- ha descendido de 25,3% en 2004 a 24,5% en 2008, por lo que tampoco se justifican las críticas de la oposición. En esencia la presión tributaria es baja en la comparación internacional y hay mucho campo para avanzar en esta materia.

|*| Senador por la 609-FA. economista

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