Ah, rumores
Los rumores son como la mugre: si uno se descuida se esparce y lo abarca todo, hasta el punto en que parece imposible quitarla.
¡Y cómo gustan los rumores! Cómo se los repite, se los retoca, se los hace girar, se los tira por elevación, en fin, no se los deja quietos de modo de darles una vida permanente y el rango de verdad. Pasa con las cosas del barrio, con la vida amorosa de los demás, con el fútbol y, claro, con la política. De tanto en tanto, claro, alguno de esos rumores se ajusta más a menos a los hechos reales.
La cosa es que nunca se sabe.
Siempre me ha parecido que los rumores son un capítulo sustantivo de esa novela de cinismo, hipocresías y mentiras que suele tejer la política con minúscula- para enredar al hombre votante.
Hay que cuidarse.
La intensidad creciente que caracteriza a la campaña hacia las internas ha echado a andar unos cuantos rumores. La intención es siempre la misma: bombear agua para el molino propio.
Así aparecen, por ejemplo, los pases.
Es decir, fulano se va con mengano, zutano va a filas de perengano y así hasta extremos que rompen cualquier límite que uno supone tiene la imaginación.
Repito: hay que cuidarse.
Con esto pasa como con las propuestas de los precandidatos si llegan a su objetivo: de pronto, debido a las circunstancias, aparecen como hongos al pie de enhiestos árboles, todas diferentes entre sí, pero prometedoras de delicioso sabor.
Los rumores acerca de pases políticos en ocasiones maquillados de un carácter técnico o especializado son peligrosos para el análisis crítico y libre del ciudadano, al menos hasta que se disuelven o se confirman.
En este momento me ha llegado uno inesperado. Habla de un hombre respetado y flaco, que no es Jesucristo y que se halla apartado de la política por voluntad propia, que iría a filas de otro hombre que acumula votos con su andar de paisano y su verbosidad ingeniosa.
¿Le suena a loco, lector? ¿Si?
Lo único que sé es que no sé nada.
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