ECOS DE AYER EN EL SENADO

Una segunda terminal de contenedores implica la discusión de una estrategia portuaria, un proyecto de país, algo que va a tener efectos durante muchos años y que, cuanto más consenso, apoyo y debate reciba, mejor será.

Vale recordar una frase que dijo en estas horas el ministro de Transporte: «Nuestros bisabuelos hicieron muelles que duraron cien años». Recién ahora no se prestan para un dragado a catorce metros porque se vendrían abajo. Por tanto es necesario construir muelles nuevos. Para tener una dimensión del asunto, habría que tensar la visión de aquellos abuelos y pensar en cien años. No parece poca cosa que junto con la voluntad de que se construya una segunda terminal de contenedores, el Parlamento reitere la de hacer un puerto de aguas profundas.

Lo propuso y reivindicó Artigas en las Instrucciones del año XIII (para la bahía de Maldonado). También Herrera, Batlle y casi todos los demás líderes políticos del país. Pero nunca se construyó.

Hay un destino del Uruguay con relación a tal puerto. Sin embargo, es bueno señalar que algunas voces también dicen que profundizando el de Montevideo a catorce metros no es necesario un puerto de aguas profundas en nuestra costa atlántica. Se equivocan.

Los barcos que vendrán al mundo en un futuro inmediato necesitan, para frenar, sesenta kilómetros y, para dar vuelta, treinta (no recordamos si de radio o diámetro pero poco importa). No caben en los actuales canales y, si caben, los demás barcos deben dejarlos libres mientras esos colosos entran o salen. El encarecimiento de las pólizas de seguros es de imaginar para esos que serían rarísimos casos. Tal evolución de la industria naval (y del comercio mundial) está condenando a ciertos puertos a restar siendo para buques de «poco» calado y tamaño. Ese es el futuro que además ya está llegando. Están ampliando el Canal de Panamá para que dicho futuro pueda pasar por él bajo pena de quedar como canal de cabotaje o ruina histórica. Entonces, el puerto de aguas profundas se torna ineludible.

Con él y para él, aquel proyecto del ingeniero Giannattasio para construir una Ruta diagonal desde Fray Bentos a La Paloma que nunca se llevó a cabo aunque basta con mirar el mapa para ver su clamoroso trazado estratégico y saber que la vamos a construir. Como la también ya soñada y trazada vía férrea y carretera desde la Paloma a La Charqueada (o sea a la Laguna Merim y, por ella, de ida y vuelta a San Pablo) por razones también obvias… (lo de San Pablo no fue un error).

Es en esa discusión que se inscribe la reciente decisión del Senado. También la de otro gran tema que es el del ferrocarril indisolublemente unido.

Por suerte ayer se oyeron opiniones de integrantes de partidos fundacionales que apuntaron a que el ferrocarril debe ser además de urgente, subsidiado.

En estas cosas las cuentas no se pueden ensayar de aritmética sino globales. De país y futuro. Poéticas como el álgebra. Es decir: científicas.

El nuestro es un puerto eunuco: para matarlo, le arrancaron el ferrocarril sin anestesia; nuestra pujante Industria Logística hace maravillas a pesar de no tener ferrocarril. ¡Es de no creer! Gana «de atrás» como sólo algunos clubes uruguayos suelen hacerlo…

Nuestro destino de integración, de sacar o introducir cargas en el vastísimo Hinterland del Puerto, fue hormigonado. Tal vez en un vano intento (reiterado) de asesinarlo. ¡Es increíble que aún respire! ¡Si será bueno tal como la Historia enseña! Le han «tirado» desde hace centenares de años «con todo» y no han podido con él.

Hemos quedado yertos en el hormigón desde el punto de vista estratégico. Enfermos y adictos al portland. ¡Y vaya mantenimiento el que luego requieren esos bitúmenes, puentes y hormigones, vaya subsidio que paga el pueblo para que por ellos pasen rodando en caucho, fumando petróleo ­en cosa de locos­ miles de toneladas de madera; un derrumbe forestal que se nos viene encima sobre los puertos. ¡Miles de toneladas de grano, lana y otros productos! Uruguay clama, afiebrado, por la navegación fluvial y el ferrocarril para poder seguir creciendo. Quiere romper esa prótesis carcelaria.

Hubo un Plan Fénix que terminó muy mal pero liquidó la playa de maniobras y la Estación Central dejando al Puerto con esa patética vía (habría que filmarla para la posteridad) en los «Accesos» que sirve para que los motociclistas se caigan. Como dijo un otrora reincidente ministro de Transporte, el ferrocarril sólo entra en el Puerto de noche para no originar embotellamientos de tránsito. Tenemos pues, hasta hoy, un ferrocarril noctámbulo, furtivo, que a hurtadillas entra milagrosamente de noche en el Puerto (a pesar de que lo mataron)… ¡Un ánima en pena! Una luz mala; cierto lobizón… Dios libre y guarde.

Por suerte los contenedores nos han invadido, están saltando el alambrado y ocupando las chacras aledañas de la Ruta Uno. Porque el Puerto quedó apretado y, además, para eso, construyeron en él la Torre de Antel… ¡Para la antología del tercermundismo mental desubicada como chancho en la vía casualmente! Construida sobre ella como para que nunca más ose pasar un convoy de carga por ahí. ¡Genial Monumento a la Estupidez!

Vamos a necesitar una terminal granelera porque no todo el grano va a salir por el Puerto de Nueva Palmira. Lentamente la agricultura se está «corriendo» hacia el centro del país y entonces esa carga va a bajar y a salir por Montevideo.

Necesitamos urgentemente una terminal pesquera. No puede ser que esas flotas pesqueras atraquen de popa porque no hay lugar. Tenemos una cantidad de clientes internacionales y nacionales haciendo cola que, incluso, a pesar de todo, siguen viniendo a un puerto que, por suerte, nos ha quedado chico. Necesitamos terminales para madera y sus productos industriales. Y nuevas, en otro lado, para pasajeros y vehículos…

El proyecto minero que se paralizó por la crisis mundial va a recomenzar fatalmente porque Uruguay es el mejor lugar para sacar hacia el mundo desde Brasil y Bolivia el mineral de hierro de Corumbá y El Mutum (ya lo decía Vivian Trías) en cuanto vuelva la demanda. Por nuestros puertos fluviales, bajando en barcazas. Desde allí hasta la profundidad natural de veinte metros (para los colosos de marras), ya sea en el puerto de aguas profundas, si lo hemos construido, o en un puerto flotante.

Por ende no se puede ni debe hablar del puerto de aguas profundas ignorando que la carga es ajena. Tanto la que viene del corazón del continente, como de Chile buscando salir por el Atlántico. Las que entran desde «los siete mares» hacia dichos confines también serán ajenas.

Por lo tanto debemos tener una visión integradora. Que los argentinos, brasileños, paraguayos, bolivianos y chilenos protagonicen con nosotros esa aventura que convoca.

Ello sería integración real: la oferta solidaria de Uruguay para que dichos países hermanos compartan en ese Puerto que debe ser y será de la región, nuestra «ventaja» geográfica.

|*| Escritor, senador de la República

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