MONUMENTO AL ZAPATO

De los peores calabozos que conocí saqué un libro escrito clandestinamente entre 1980 y 1982. Muy bien escondido, pudo un día salir al aire libre corriendo grandes y graves riesgos (el libro y la gente que lo sacó). Permanece inédito.

No lo publiqué ­salvo algunos pasajes­ por pudor y respeto: es la escritura de un medio loco al borde de serlo totalmente que, escribiendo en clave forzada, y casi seguro de no salir jamás de aquellas catacumbas, quería dejar el vestigio de algún testimonio con el que los futuros arqueólogos pudiesen reconstruir algo de ciertas historias. En un bendito momento se dio la oportunidad y logró salir a la calle pero muy poco después, también de milagro (popular), salimos todos, con lo que pudimos dar y dimos directamente el testimonio sin necesidad de afiebrados libros cifrados.

Cada vez que lo releo, más quiero sus harapos y, por eso, porque todavía vive en las tumbas aquellas, y ese es su insuperable atenuante literario, a modo de ofrenda brindo a continuación uno de sus pedazos en homenaje a Sendic (conspicuo habitante, también, de aquel inframundo), y con él a todos y todas los que durante este mes y el que viene, como cada año, recordamos.

También a todos y todas las que en este preciso momento padecen parecidas o peores mortificaciones como nosotros entonces.

El libro trata de un «Viejo» que viviendo en un inexplicable mundo hostil y desolado reflexiona. Y de alguien que comenta las cosas que le pasan a ese «Viejo». Dice así:

Era pleno invierno. Un invierno funeral. En el crepúsculo sin sol, gris, desesperado, de un viernes casi ya en penumbras, oyó o creyó oír, el motor de un avión insólito en aquel universo vacío. Quedó atrapado en los potentes brazos de dos fuerzas antagónicas que casi lo desintegran en diez segundos: la esperanza desbordada, contra la desconfianza endurecida.

Se salvó de la cruel incertidumbre: pudo verlo. A pesar del gris, o tal vez por ello, pudo verlo: iba alto; rumbo oeste-este, con tres lucecitas encendidas. Corrió tras él tropezando, chocando, cayendo. Lo perdió de vista. Ganó la cumbre de un médano. Volvió a verlo. Quiso gritarle pero tuvo un nudo… Al fin se perdió en el cielo y detrás, pequeñito, también se perdió el ronroneo que, intermitente, volvió en las ráfagas de algún viento hasta que se murió y como siempre todo quedo negro y en silencio.

«¡Había gente! ¡Anda gente por el cielo! De algún lugar venía. No podía: no podía haber error… Un avión es obra humana. Hubo que hacerlo. Además llevaba un rumbo. ¡No hay evidencia mayor! Si no son seres humanos son seres espirituales… ¡A esta altura da lo mismo!

¡No! No puede. De ninguna manera puede. ¡Sería la última locura! Un avión solo no puede… La materia, ella sola, no… ¡Seria la última estafa!».

El viento helado arrancaba de las encrespadas olas puñados de salada espuma y se los escupía en la cara. Los ojos doloridos seguían fijos en la negrura del este. También seguía el apretado nudo en la garganta.

«¿Me habré engañado? Ya tendría que estar loco… Sería lo normal.

Alucinaciones sería lo de menos».

El Viejo entonces decidió hacer un larguísimo viaje al este en busca del aeropuerto necesario para tratar de ver a alguien y de ser posible hablar con alguien.

«No debo precipitarme… Darle a las cosas la importancia que nunca tienen, luego trae el temor de perderlas y en su caso el temor al ¿Qué será?… ¡Pesimismo redoblado! El pesimismo perjudica los caminos; concita los fracasos… Ármate a ultranza de optimismo; que no es ingenuidad: es eficacia… Y serenidad.

No es fácil caminar por estas playas en pleno invierno con sandalias.

Hay caminos que no pueden hacerse en alpargatas. Es necesario un calzado bien ceñido; amarrado con rigor; que no traicione».

Tenía los pies helados, empapados. Sufría. Había tenido dos alternativas: o hacer el camino por la abandonada Autopista Feliz, o hacerlo por la playa. A pesar del frío eligió la playa sin repechos, despejada… El sol no se veía. El mar seguía revuelto. El viento arreciaba. Todo era gris. Le dolían los pies.

«- ¡Qué importa!».

Tenía en la choza un buen par de zapatos. Viejísimos, gastados, deformados por el uso, algo rotos… Pero no debía usarlos. Era su último par de zapatos. Sabía hacerse con sus manos muelles alpargatas para el verano y los caminos blandos; y unas mártires sandalias para los duros y los largos. Pero por lo general andaba descalzo.

¡Sus últimos zapatos! Una mañana, al despertar, no los encontró, como siempre al pie de su cama y por unos largos minutos atroces no supo quién era. Se olvidó. Se sintió extranjero en el cuerpo y en el país.

Por suerte fueron solo unos minutos: sin buscarlos, su mirada dio contra los zapatos y al instante, por ellos, recobró la identidad perdida, retomó el hilo dejado la noche anterior, y siguió siendo.

Fue una gran alarma. Los zapatos habían hecho con él largas caminatas ­ las últimas ­ y con ellos entró en estas playas boscosas y les trilló las primeras sendas.

Dormían junto a su cama siempre dispuestos. Ni pensaba en ellos: los usaba.

Pero aquella madrugada se dio cuenta: se estaba olvidando de quién era. El par de zapatos lo ubicaba. Eran lo único que de tantas cosas que tuvo y que fue, quedaba

– ¿Será posible que mi memoria esté en las cosas? ¿Que mi memoria de mí viva en un zapato viejo? ¿Que mi alma me venga de allí? ¿Que la identidad…? ¡Y de un par de zapatos rotos!».

Propuso un hombre que una noche se acostara acá en su choza y al otro día despertara en París. Ese hombre tendría que pedirle a un médico ­ por favor ­ que le dijera quién era; qué le pasaba… Recordaría la choza pero le parecería un sueño, una pesadilla. Al «Viejo» le pasó eso… Algo todavía peor que eso. Los zapatos fueron y son la única cosa que le dieron y dan fe de todo aquello que sin ellos no sería más que un delirio.

No DEBÍA gastarlos. Les construyó sobre una columnita una repisa que puso bien patente ante su cama para verlos al acostarse y al despertar. Parece un altar. Es un monumento.

|*| Escritor, senador de la república

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