Sin la misa
Los blancos están que trinan con Daisy Tourné. Sin solemnidad, más bien bajando a galope tendido de las cuchillas, la culpan de la inseguridad, de la situación de las cárceles, de inmiscuirse contra natura en la campaña política y le han pedido que se vaya.
Ella, fiel a su mismidad, tan distante de una novia suiza, les respondió con su modo filoso, desenfadado, categórico.
Recibió, además, el apoyo del Presidente de la República y del gabinete, y ha seguido cabalgando para darse el gusto, ahora con más galanura. Ignoro si este éxito se debe a la experiencia o a ciertas dietas que le recomendaron e hicieron efecto, al punto que los equinos relinchan eufóricos, a paso vivo.
La cuestión es que esos blancos calientes encabezados por los senadores Larrañaga y Moreira la habían convocado ayer a la Comisión de Seguimiento Carcelario. Podía intuirse, al ver en días previos sus rostros congestionados, sus sonrisas ladeadas y algunas babitas colgantes, que pensaban tirarle por la cabeza todas las facturas y, si les daba la nafta, carnearla a lo bruto sin dejarla corcovear, dicho metafóricamente, por supuesto, y aun así, cosa difícil.
Pero -¡ah, extraños designios del destino!- esas intenciones, y la propia reunión, se fueron a la mierda, para expresarlo en un idioma nacionalista de fogones que alumbran facones cruzados a las espaldas.
Precisamente Larrañaga y Moreira hicieron mutis por el foro. O fueron al baño. O atendieron un acto político en Colonia. No sé. Daisy, que ya venía en camino, levantó el mentón, sacudió la melenita y volvió a lo suyo.
Me acordé cuando el Chiquito Otegui no abrió el boliche a las ocho de la mañana de un domingo. Fue como suspender una misa, porque ese día y a esa hora le caía una montaña de feligreses. Dejó un cartel: «Me fui al remate de damajuanas de Paso Pache. El que no aguante que vaya a mamarse a la puta que lo parió».
El lunes tuvo que pedir disculpas y servir las copas gratis.
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