Cooperativas
Créame, lector, poniendo en acción las escasas neuronas que me quedan, heridas ellas, he tratado de comprender.
He fracasado. Sigo hundido en una zozobra cenagosa que fatiga mi deseo de interpretar, sin traiciones de retórica ajena, qué harán con el cooperativismo los aspirantes a candidatos de los partidos políticos vernáculos.
¿Les interesa realmente como una herramienta para resolver las mayores penurias sociales? ¿La vivienda, el trabajo a escala de pequeñas y medianas unidades, el crédito y hasta programas de rehabilitación de aquellos más pobres, los excluidos?
Ya sé qué responderá usted: todos esos candidatos han dicho, cada cual a su aire, que sí, ¡faltaba más!
Una afirmación rotunda, unánime. Caramba, si es así, ¿a qué zozobra cenagosa me estoy refiriendo? ¿Qué es lo incomprendido, siendo las cosas tan claras?
Pues hombre, sencillo.
Ninguno ha presentado a los ciudadanos un plan, un proyecto, una idea, qué digo, ni siquiera un pensamiento más o menos inteligible acerca del modo en que, si accede al gobierno, usará esa herramienta. Cada uno enfático pero corriendo como en una etapa contra reloj ha incurrido en la vieja tontería de conjugar unas vaguedades espantosas para dejar contentos a quienes no saben de qué les están hablando.
¿Exagero? ¿Dramatizo, influido por Corín Tellado, pobrecita, que se nos fue cual un pajarito otoñal? ¿Ah, sí? Que alguien me explique entonces por qué gran parte del cooperativismo nacional está otra vez en pie de guerra, y por qué la parte que no ha montado aún en cólera sufre al punto de haber subido a cifras extraordinarias su consumo de ansiolíticos por la negrura que alcanza a otear en el horizonte. ¿Habrá que creer, nomás, que los políticos, en su mismidad, le temen al cooperativismo?
Ayúdeme lector, indague si esta conjetura es muy disparatada.
De paso, pregunte por la nueva ley de cooperativas. Y no se caliente. ¡Somos monos viejos para subir a un palo podrido!
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