Reloj de arena
Un reloj de arena es un artificio compuesto de dos ampolletas unidas por el cuello. Mide el tiempo por la caída de la arena de una a otra.
De modo figurado, y sin sustento científico, es muy popular como símbolo de la lentitud.
Qué curioso. Es una impresión parecida que la que me ha quedado luego de las primeras etapas de aplicación del IRPF como mecanismo destinado a hacer más equitativa la distribución de la riqueza. Dicho con piedad, al gran capital le alargaron el plazo. Nadie ha contradicho la afirmación del economista Antonio Elías, hombre de izquierda y de probada honestidad intelectual, de que ochenta por ciento de la recaudación de ese impuesto sale de rentas del trabajo y jubilaciones y sólo veinte por ciento de rentas del capital.
En una reunión en la Federación de la Bebida, Danilo Astori, todavía ministro de Economía, admitió, ante la inquietud obrera, la necesidad de cuidar al capital para no ahuyentarlo. Obvia alusión a su importancia para la inversión y generación de empleos.
Según cómo se le mire puede ser un argumento razonable o no.
Habemos quienes, al analizarlo, lo comparamos con un reloj de arena que sentimos lentísimo.
La inversión ha sido cuantiosa pero no ha generado demasiados empleos y, en cambio, se ha beneficiado de concesiones impositivas. Lo prueba, entre otros, el ejemplo de la forestación.
Si de lo que hablamos es de que el vaso lleno de dinero se derrame y se haga justicia, la política seguida cuyo cambio aguardo con ansiedad no parece ni un pensamiento ni un mecanismo muy progresistas y sí, en el mejor de los casos, un camino hacia la equidad de largo aliento que hasta ahora no ha hecho sino proteger la concentración de la riqueza.
El capital debe contribuir más con la sociedad. Hay que elegir qué inversores vienen y para hacer qué. A partir de ahí dependerá el trato que se dé a aquellos que aterricen en Uruguay con proyectos fascinantes y bolsillos repletos de dólares.
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