Dogmatismo
La campaña preelectoral no comenzó con una exhibición de valores que estimulen. Me refiero a los discursos, las declaraciones y hasta las diversas formas de publicidad de los precandidatos.
En ese fárrago que crece bracea con firmeza el dogmatismo. La política se convierte así en un partido de fútbol. Un encuentro de fanatismos que hace flamear las camisetas y las consignas como gritos de guerra lanzados al enemigo.
Ya lo sé: en unas y otras tiendas se había prometido una campaña decente, sin agravios gratuitos, ni empujones, ni zancadillas. Pero el dogmatismo domina a la política. Miles de ciudadanos, a un lado y otro de la calle, y a veces desde sitios diferentes de la misma vereda, se pasan olímpicamente por las entretelas las promesas de sus candidatos y se esfuerzan por defender a capa y espada sus verdades reveladas, mientras usan artillería gruesa contra los opositores.
No es su culpa. Van detrás, con más énfasis y menos sutileza, del comportamiento de sus propios líderes.
El postulado desaparece o al menos lo hace durante estas campañas de ese ajetreado mundo en ebullición que es la política.
Nadie se plantea esto: «Yo creo tal cosa. Estoy convencido. Pero, al mismo tiempo, estoy preparado para admitir que me he equivocado si me lo demuestran usando el conocimiento a través de la razón». No. Se ve a esa conducta como una traición o una deslealtad.
Por tanto, son bastante pocos los que hoy pueden decir que emitirán su voto basados en la libertad de pensamiento crítico y la información objetiva. Al contrario, lo harán por un puro dogmatismo que es ese pulpo cuyos tentáculos tienen nombres muy conocidos: desprecio, prejuicio, discriminación, intolerancia, fanatismo. Gritan y le dan al bombo y a los platillos.
Como entenderá el lector, no estoy hablando de convicciones, que todos las tenemos, sino de la imposibilidad de limpiar el parabrisas para ver, no sólo mirar, y admitir que, a veces, pueden cambiar.
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