La patente
Cuesta creerlo, pero el boliche del Chiquito Otegui fue levantado de los escombros por enésima vez. Hubo colaboración de algunos rotarios es decir, de los rotarios bebedores sociales y de los jugadores del club Santiaguito, que usaban el lugar, a una cuadra de la cancha, como sede. Sobre todo por el beneficio del excusado.
-¡M’está’ violando lo’ derecho’ humano’! exclamó Ruedita, luego de embutirse una grapa doble con grasa de riñón.
-¿Qué decís, descorchado cerebral? dijo suavemente el Facha Ruiz.
-No oséis dirigiros sin respeto al amigo, pues mayor crueldad y rigor usaré con vosotros intercedió Epifanio, a quien, ya con un pedo celeste, le había dado por hablar al modo de Cervantes.
Ruedita, aunque no entendió, presintió que lo apoyaban: -Me siento un disacreditao…
-¡Discriminado, guanaco!
-Se’gual… ¡No sé ‘ond’empadroná’ la bicicleta!
-Ah, la culpa es de las intendencias, que siguen peleadas y jodiendo a la gente el Facha quiso zanjar el asunto.
-Oh, no, noble caballero. Sin juramento me creeréis, y os lo digo sin ornato, sobre todo a ti, buen amigo, que debéis cumplir el trámite en el sitio donde habitáis expuso Epifanio, a quien todos miraron con desconcierto pues jamás habían visto borrachera semejante.
-¿N’el boliche?
-¡Ni se te ocurra, carne picada con ojos! gritó el Chiquito.
-¡Tonce’ toy perdido! Ruedita lloriqueó- ¡La vieja m’echó ‘e la pieza y ando a monte, ‘ciendo changa’!
-¿Puede haber tanto lío para pagar una patente? se sorprendió el Flaco Petrulo.
-¡Deteneos, incrédulos! declamó Epifanio. Dígase al compañero que puede remediar su asunto de excepción pidiendo juicio a don Fernando Rodríguez, defensor del vecino.
-¿Decí’ p’una cometa?
-De su sabiduría no hablaré, pues sería redundancia. Pero… -y aquí Epifanio, luego de un espantoso eructo, volvió a la normalidad- ¡es el único que tiene las pelotas tan bien afirmadas que te puede bancar, aplazado mental, sin que se las tritures como a nosotros!
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