LA RAZON EXPLOSIVA
El domingo pasado intenté someter a discusión la justificación tácita del lanzamiento de misiles, más o menos artesanales, sobre la población civil del sur de Israel, que aparece escudada en la inexistencia de una definición de terrorismo en las Naciones Unidas, cosa parcialmente cierta, a la par que consagratoria de toda impunidad universal.
También mencioné el deslizamiento argumental hacia la inclusión de estas prácticas dentro de la noción jurídica de «legítima defensa». Sin embargo, trayendo a colación, a través de Noam Chomsky, la definición que los manuales militares de EEUU describen y la propia incorporación del carácter indefectiblemente civil de las víctimas clasifiqué al terrorismo en tres grandes tipos: el de estado, el individual y el imperial, deteniéndome entonces en el primero, para intentar abordar hoy el sucesivo.
Mi intención es hacer caso omiso a esta laguna jurídica internacional, con sus bárbaras consecuencias políticas, para situar al terrorismo en un plano teórico y conceptual. Una nota posterior abordará la naturaleza del terrorismo imperial, pero podemos adelantar que dos actores decisivos contribuyen a la imposibilidad de delimitación jurídica del terrorismo: EEUU e Israel (en virtud de que quedarían comprendidos en la más chirle de las definiciones posibles). No habría por qué esperar la «humanización» de estos países genocidas ni el supuesto posterior consenso internacional para entender con precisión al terrorismo como práctica, es decir, como forma sustantiva, realmente existente, de las relaciones de poder, aunque se ejerza en nombre de la resistencia al sojuzgamiento.
Queda descartado en estas líneas también el uso del término como adjetivo, tal como lo presentó, más allá de su indignación y condena, el Convencional del Partido Nacional, Leopoldo Amondarain en el espacio editorial de este diario del pasado lunes. Allí su pregunta acerca de quiénes son los terroristas, cuando compara las víctimas del ejército israelí con las de ETA, se responde en términos de magnitud criminal comparativa, cosa que, aunque cierta, insinué como «basquetbolización» de la barbarie el domingo pasado. Con indudable espíritu antiimperialista y sensibilidad a la opresión, no obstante, Amondarain apela a la sinonimia que en lenguaje popular establece entre el terrorista y el denuesto o el insulto. Si en el artículo sustituyéramos, por caso, el término «terroristas» por «hijos de puta», la pregunta central sería quiénes son más hijos de puta, cosa que por otra parte ya se ha respondido provisionalmente dada la evidencia cualitativa y cuantitativa. Hay una concepción simplista y autosatisfecha de la relación entre las palabras y los hechos políticos. Un modo de leer (y escribir) que impide percibir ciertas cuestiones debido a la concepción del lenguaje político del que depende. No propongo renunciar a la solidaridad con el débil, el oprimido. Tampoco sublimar la visceral indignación que la desigualdad de fuerzas despierta. Pero sí al encanto balsámico de la morigeración y el disimulo, cuando no la disculpa por simpatía, por afinidad, por demagógica compasión hacia el derrotado o hacia el de «chambona puntería», en la expresión de Galeano respecto a los cohetes de Hamas.
Aludo, como terrorismo individual, a las prácticas de grupos político-militares que atentan directamente contra los ciudadanos (o contra cualquiera que no participe directamente en las hostilidades en una situación de conflicto armado, se lleven a cabo por ejércitos o fuerzas irregulares o informales) cualquiera sea el país o región, tanto como el hecho de intimidar a una población provocándole terror. El primer ejemplo abominable que vendrá a nuestra memoria es el 11-S, en el que miles de personas fueron monstruosamente asesinadas, los posteriores atentados en Londres y Atocha, o el reciente en Bombay. Si bien en América Latina estas prácticas no alcanzan la magnitud de las del norte o del oriente (cercano o lejano, poco importa aquí) no deben excluirse los atentados a la AMIA o a la embajada de Israel en Argentina. Quedan claramente excluidos no sólo de esta forma de terrorismo sino de la de estado o imperial, las acciones de los movimientos armados o guerrilleros, salvo que atenten contra la población civil.
El terrorismo individual, si bien puede hallarse en las mismas raíces de la historia humana, tuvo su versión moderna en las últimas décadas del siglo XIX, con epicentro en el movimiento anarquista. Independientemente del contexto político represivo finisecular, además de la agobiante situación de los trabajadores que llevó a algunos anarquistas aislados a llevar a cabo diversos atentados terroristas, la fundamentación surge con la teoría de la «propaganda por el hecho» que, por entonces, generó rupturas en el crecientemente masivo y organizado movimiento obrero. El carácter desesperante de la vida de los sojuzgados también era el común denominador de entonces y no alcanzaba como excusa para justificar y sostener la práctica terrorista. Algo más tendrá que operar para intentar darle justificación a estas prácticas.
En 1881 se celebró el congreso obrero de Londres promovido por los «antiautoritarios» anarquistas opuestos a los «autoritarios» socialistas. Allí se apostó a la promoción de la «propaganda por el hecho», basada en el uso de la violencia para llamar la atención sobre las desigualdades, y para crear una situación de terror que produjera una espiral de violencia que acabara en la revolución. Ya habían tenido lugar los atentados contra Alfonso XII de España, Humberto I de Italia y Alejandro II de Rusia. Sin embargo, no fueron sólo algunos anarquistas los que adscribieron a esta concepción sino también algunos aislados socialistas, además de la organización populista rusa Naródnaia Volia que se vertebró sobre ella. Como consecuencia se produjo una escalada de atentados (no sólo anarquistas, insisto) que dio lugar a una fuerte represión y persecución del anarquismo, realimentando los deseos de venganza ante la persecución de la que fueron objeto sus compañeros en muchos casos inocentes dándole características de injusticia indiscriminada, tal como sucede en los terrorismos de estado. El hecho de que las acciones terroristas surjan también en sectores de la resistencia, no pueden sin embargo legitimar su práctica.
A pesar de lo remoto de la pretensión teórica justificatoria, su longevidad parece garantizada en su reencarnación actual en movimientos político-religiosos, autonomistas, etc. Por supuesto que los pueblos sometidos a ocupación y demás vejaciones, como actualmente el afgano, iraquí o palestino, tienen todo el derecho a resistir semejante aberración y padecimiento. Pero las acciones terroristas individuales no ejercitan la resistencia. Por el contrario, incrementan la violencia de los invasores y contribuyen a la generalización de la impunidad que es lo que exige el modelo de terrorismo imperial que abordaré en otra oportunidad. Afortunadamente, la resistencia uruguaya al terrorismo de estado no se ejerció lanzando misiles caseros contra las viviendas de Carrasco o Pocitos, o las oficinas del diario El País, aunque se sospechara, con acierto, la alta concentración de complicidades con el estado terrorista en esas posiciones civiles.
A la vez, el terrorismo individual no siempre sucede a la ocupación. El deseo de independencia de Euskadi es interpretado por ETA acribillando políticos o policías, colocando bombas en la vía pública o en empresas, posición que comparten con los Kale Borroca u otras fracciones de la izquierda abertzale. También afortunadamente, el estado español no invade el país vasco ni masacra a su población civil con esta excusa. Inversamente utiliza las herramientas del derecho, aunque con peligrosas asimetrías que conculcan algunos derechos civiles como que los presos sean llevados a cárceles alejadas de sus familiares en España y Francia, en contra de lo que dictamina la ley española, la profusi
ón de información de los servicios de inteligencia sobre la vida de los vascos, la corrupción de la ertainza (policía vasca) por la guardia civil española, etc, por lo que también se realimenta la reacción. El deseo de vindicta siempre aparecerá asociado a todas las formas del terrorismo. No obstante, además de buscar y someter a juicio a los responsables de todo acto terrorista, es indispensable interrogarse por sus causas. Es probable que las haya justas o atendibles, independientemente del propio acto criminal.
Quedará para otra oportunidad el tratamiento, no sólo del terrorismo imperial sino de las vinculaciones y pasajes entre las distintas formas de terrorismo. Actualmente, el ejército israelí se ha convertido en un ejército terrorista imperial pero sus precursores y héroes desarrollaron en los ´40, prácticas de terrorismo individual. La dramática paradoja histórica es que quienes hoy someten a los palestinos con la regla de la discriminación y el tormento nazi, lo hacen en nombre del combate al terrorismo, olvidando que, en sus orígenes estuvo la insurrección del «ejército de las sombras», que antes de la creación del Estado de Israel voló el hotel Rey David en Jerusalem, sede del comando inglés, la estación de ferrocarril de Ramalá, la embajada británica en Roma e innumerables objetivos civiles en el mundo entero, como lo destaca orgulloso Menajen Beguin, en su libro «Tierra Santa».
Cada bomba, además de cegar vidas inocentes, desgarra con cada esquirla un jirón de la razón histórica universal.
|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. [email protected]
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