La tranquilidad
¡Cómo cuesta tomarse las cosas con tiempo suficiente, sin nerviosismo ni agobio, despreocupándose momentáneamente de lo cotidiano!
Eso es la tranquilidad.
Caminar por arboladas calles bajo reparadora sombra, sentarse en un banco a leer, detenerse a admirar algo o quedarse quieto, liberado del trajín diario.
Ah, cada día es más difícil.
Apelaré a un solo ejemplo. Una joyita. Días atrás, a media tarde, hice una de esas caminatas de oxigenación por calles del Prado, incluyendo 19 de abril, Juan Carlos Blanco, Irigoitía y otras. Culminé el periplo introduciéndome, con un libro en la mano, al Jardín Botánico, dispuesto a disfrutar de un postre intelectual.
Fue una peripecia sacudidora. En ese sereno, bello e instructivo sitio, irrumpió y se desplegó un grupo de muchachos y los describo así pese a que un par de ellos pintaban canas a grito erecto y destemplado y portando unos redoblantes. Fue tal la fuerza emanada de la contradicción entre el lugar y la escena que, sorprendido, sentí que podía ser una finísima broma o la representación improvisada de un sainete grotesco al estilo Vacarezza o Discépolo. Duró poco, es cierto. Y pudo haber sido una casualidad. De todos modos es un síntoma.
Antes, ¡casi lo olvido!, yo había evitado en la caminata a personas despatarradas en la vereda, pedigüeños amenazantes, arrebatadores al acecho, borrachos o drogados y más mugre de la que mi comprensión o mi estoicismo me dejan soportar.
Lo que no advertí, aunque quizás me distraje, fue vigilancia policial.
¿Qué nos está pasando?
¿Exagero si postulo que hay una desproporción agresiva del derecho individual? Es la nueva cultura en gestación. Se trata de hacer lo que quiero, cuando quiero y dónde quiero, y los demás que se jodan.
Cuidado.
Si se queda entre nosotros, y la tranquilidad social el respeto por el derecho ajeno pierde la batalla, a alguien le puede dar por vestirse con las pilchas de Harry, el sucio.
Y, entonces sí, chau.
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