Calidad de vida
¿Cómo se mide la calidad de vida en una sociedad moderna? Hay diversos métodos que conducen a una respuesta, aunque tengo para mí que la mayoría, sostenidos por un exceso de teoría y técnica, adquieren esa exuberancia, esa suficiencia que los hace sospechables.
En todo caso, no soy quien para ingresar a una polémica acerca de ellos; carezco de la formación como para hacerlo con responsabilidad y sin incurrir en ingenuidades y hasta supersticiones.
Por tanto, hablaré sólo de aquello que parece indiscutible hasta para quienes, como yo, están menos preparados.
Calidad de vida es, entre otras tantas cosas, el disfrute social, es decir colectivo, de los espacios públicos: las calles, las plazas, los parques, las playas. En apariencia, como tales sitios casi siempre están llenos de gente, esa parte de nuestra calidad de vida existe y se goza.
Cualquiera sabe que no es así.
Calles, plazas, parques y playas, y otros lugares públicos, son, o pueden serlo en cualquier momento, ámbitos donde el placer comunitario es puesto en serio riesgo, hasta desaparecer a veces, por la agresividad latente, por la inseguridad que acecha y, sobre todo, por la inclinación de muchas personas a contradecir las normas establecidas por la sociedad para ser solidaria, constructiva y justa: «Un mundo donde la indisciplina es la regla», diría el entrañable Rodolfo Tálice.
Es una cuestión cultural. Su solución impone un plazo largo, durante el cual debe trabajar la educación, pero no se puede esperar a ver el final de la película sin advertir que ya, ahora mismo, exige correcciones.
¿Cuáles? Lograr que las normas se cumplan. Nada más, nada menos.
Parece obvio que eso debe ser incluido en todas las agendas de los debates políticos que se vienen. El ciudadano común moralmente sano, intelectualmente libre- necesita saber qué piensan sus eventuales representantes tanto como que sean atendidas sus propias ideas.
No es flaco ni débil el desafío.
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