LA COLUMNA AMARILLA

La vaca suelta

Esto ocurrió hacia fines del año pasado. Me acabo de enterar y lo cuento ahora porque es una peripecia conmovedora.

De pronto todo el mundo se lanzó a la búsqueda de la vaca suelta.

Era una vaca que no pertenecía a nadie, gordita, raza Hereford, de la que se había sabido por un dato confidencial de un gaucho.

Si andaba suelta, si no tenía dueño, era de todos. ¿Qué mejor negocio que traerla a carnear en uno de esos frigoríficos a las afueras de los pueblos y repartirla en asaditos, vacíos, riñones, corazón, lengua y pulpitas de todo tipo?

Su valor lo fijarían los consumidores, rompiendo una costumbre especulativa que venían sufriendo desde largo tiempo atrás: el 31 de diciembre, el día del encuentro familiar, de la tradicional cena de fin de año, cuando se compraba suficiente para que alcanzase al menos cuarenta y ocho horas, el precio iba hacia arriba. Dos días después bajaba, se desinflaba como la propia demanda.

¡Pero el pueblo unido jamás será vencido!

La vaca suelta era una ayuda del Espíritu Santo para el combate de la especulación, de tal manera que ganaderos, industriales o carniceros no se hicieran los vivos.

Y allá fueron muchos, a buscar a la vaca suelta.

Un par de enlazadores de alpargatas, sombrero aludo y una camiseta con la inscripción «Del Pepe»; un grupo de montevideanos, diciéndose sindicalistas, que no quería hacer la plancha en ningún asunto popular; un médico de Salud Pública en paro; un conocido antropólogo aprovechando su licencia y hasta una larga fila de hurgadores en carritos, despojados de bolsas, que luego de pasar el puente sobre el río Santa Lucía se separaron en distintas direcciones: tenían el olfato atrofiado pero intacta su capacidad de avistamiento de huellas a distancia.

Qué macana. No hubo caso. O la vaca suelta fue una ilusión o a la gente le falló la fortuna.

Recién hoy, como siempre, los precios de la carne bovina iniciaron la caída. Alguien deberá tomar medidas. Otras.

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