¡Qué laburo!
Al coronel, aunque está retirado, procesado por secuestro y desaparición de personas e internado en el hospital militar con una dolencia cardiaca, se le suben los aires aquellos del uniforme que ya no se pone.
«¡Acá mando yo!», grita, patalea y se exaspera con su custodia, mientras gesticula como si fuera a dar otro golpe de Estado.
Para completar un cuadro tan raro, propio más de una novela satírica que del mundo real de una democracia seria, únicamente me falta saber si este coronel tiene quien le escriba.
Eso sí: contemplaciones se le brindan. Ahora se sabe, por una denuncia de un policía afectado a su vigilancia, que no se puede abrir la puerta de su habitación por las noches, que se le debe molestar lo menos posible y que aquellos funcionarios del Ministerio del Interior que cumplen con la guardia no pueden ingresar armados al hospital.
La curiosa serie de mimos, digámoslo así, que ha recibido el coronel retirado Ernesto Ramas por parte de jerarquías del establecimiento de salud de las Fuerzas Armadas, pone en entredicho nada menos que a la Ley Orgánica Policial y a la recientemente aprobada Ley de Procedimiento Policial.
Al momento de escribir esto, yo ignoro la respuesta de mi amiga Daisy e incluso si habló con su colega de Defensa, el ministro José Bayardi, de la extraña situación causada.
Estoy persuadido de que muy pronto se ajustarán las tuercas que, aparentemente, se han aflojado. No me refiero a las del coronel de marras, que evidentemente se le han caído y puede haberlas perdido.
La cuestión de fondo pasa por otro lado. Estoy pensando en cuál es hoy porque la desconozco- la filosofía de la formación militar en nuestro país. Es fácil advertir, con este casi absurdo ejemplo aludido, hasta qué punto la formación de las generaciones anteriores fabricó tipos que hacen lo que hace Ramas aunque estén retirados y, por si fuese poco, encanados.
Quiero creer que el gobierno tiene esto muy presente. Y lo vigila.
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