¿Y si te callas?
¿Es posible que se esté hablando demasiado? Es sólo una hipótesis, pero queda esa impresión luego de que uno repasa la realidad política reciente.
Si esta hipótesis pudiera probarse, estaríamos ante una situación indeseable, cuyo efecto sería causar mayor confusión a la ciudadanía. Es como si una sucesión de problemas o entredichos, que ocurre cuando se suman hechos relevantes e inesperados muchas veces por el libre albedrío de las circunstancias y otras por la estrategia del hombre político-, impulsase a quienes están directa e indirectamente involucrados a creer que tienen la obligación de opinar de todo, a cada rato.
El abundamiento del discurso, que en ocasiones brota sin la menor reflexión previa, lleva a que aumenten las contradicciones. Nunca ha sido tan cierto que es fácil quedar preso de las palabras; cualquier contribuyente de buena memoria, o con el hábito tal vez rutinario pero saludable de juntar recortes de prensa, puede constatarlo.
Con frecuencia se advierte cuántos dirigentes políticos se identifican, al decir de Wimpi, con aquel dueño de casa, citado en el cuento de Aniano, que viéndole un huésped que se soplaba las manos para calentarlas y soplaba la sopa para enfriarla, lo dejó, airado, mientras decía: -No quiero tratos con gentes tan imbéciles que tanto le soplan a lo frío como a lo caliente.
Yo estoy seguro, y no me hace feliz estarlo, que a unos cuantos de los apresurados y enérgicos incontinentes verbales de hoy, si se les pusiese frente a la reproducción escrita de varios de sus dichos, reaccionarían con aquel aforismo que propagó Fontanarrosa: «Ahora mismo leo esto y me siento como un estúpido».
No es cuestión de coartar la libertad de expresión, ¡por favor! Pero sí de convocar a la meditación acerca del riesgo que implica que esta hipótesis sea verosímil: en ese caso no hallaremos luz; nos ahogaremos en un océano de palabras.
En ciertos tiempos, el silencio y la paciencia son salud.
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