EL MALESTAR EN LA CIUDADANIA
Hay ocasiones en la historia en la que ciertos nombres parecen concentrar todo el protagonismo. Son momentos en los que por alguna razón se asocian a acontecimientos y destinos, alimentan pasiones, confrontaciones y hasta ¿por qué no?- fanatismos. Sin embargo, para que esto sea posible no sólo tienen que concatenarse algunos hechos sino además tener cabida en el imaginario colectivo mayoritario, impulsar los latidos cotidianos de la ciudadanía y fundamentalmente encajar en los dispositivos institucionales que garanticen y refuercen tal protagonismo. Tras la sucesión de acontecimientos, nombres y circunstancias siempre hay una posible lectura institucional y múltiples caminos alternativos, algunos de los cuales atenúan el peso específico de tales nombres mientras otros lo potencian.
No es menor el desafío que la época le ofrece a las fuerzas del cambio. Muy por el contrario, es el mayor que ha conocido en la historia moderna desde los mal llamados-socialistas utópicos, cualesquiera sean las concepciones de tal cambio, más radicales o moderadas, más revolucionarias o reformistas, o bien conjunciones políticas heterogéneas como en los casos uruguayo y brasileño. En todas ellas, las antiguas alquimias programáticas y las férreas convicciones procedimentales, sus secuencias previstas y derroteros, están sometidas a un cuestionamiento constante que llama al ejercicio de una renovación imaginativa y una contrastación empírica de sus resultados. Son momentos refundacionales y eso, trabajosamente está sucediendo en este sur.
En buena parte de América Latina la urgencia se agrava ante la necesidad de dar respuesta a problemas concretos de transformación social, mediante el ejercicio del poder político, cosa que no debe soslayarse ya que la adecuación realista de este ejercicio ha tendido a debilitar el impulso de su aventura intelectual, política y transformadora. La arropa de pragmatismo y responsabilidad, la viste para la ocasión. Esto no quiere decir que en momentos pretéritos no tuviera dilemas irresueltos, ambigüedades teóricas y obturaciones dramáticas en el momento de decidir sus prácticas. Menos aún que la experiencia no resulte un laboratorio fascinante para la construcción de nuevas herramientas y futuros desarrollos. Pero el punto de partida no es ni el cero imaginario matemático ni el aséptico ambiente de los centros de investigación sino que lleva consigo las catástrofes sociales del pasado inmediato, ya que por estas latitudes, el drama vital de las poblaciones más expuestas a la pérdida de resguardos, derechos y horizontes materiales y simbólicos, condiciona fuertemente el alcance de los posibles resultados parciales morigerando la lectura de la posible obtención de conquistas.
Las sociedades a la vez están mutando tan rápida como dramáticamente y el arsenal teórico -por cierto precario- con el que contábamos para develarlas y operar sobre ellas reclama revisiones, ajustes y reconstrucciones. Algo que casi un siglo atrás señalara Rosa Luxemburgo para quién «la teoría (…) está tan incompleta y fragmentaria como nos la dejaron sus creadores cuando la formularon por primera vez».
No hace mucho, el hálito de optimismo crítico con el que convivían las fuerzas del cambio se asentaba en fuertes creencias sobre el papel colectivamnte relevante de la política. La implosión de los países del este y el inmediato auge omnímodo de la ortodoxia neoliberal sepultaron estas ilusiones transfiriéndoselas a la derecha que rápidamente se apresuró a celebrar la victoria final de sus ideales con el hegelianismo de pacotilla que le aportó un filósofo político oficial ungido ad-hoc, para decretar el fin de la historia.
El saludable hecho de que la historia no llegara a su fin, tal como predecía Francis Fukuyama, no supuso mayores renovaciones, ni prácticas, ni discursivas, de nuestra parte. Por el contrario, la legitimidad incuestionable y complaciente que la democracia representativa disfruta hoy en el mundo capitalista es consecuencia ideológica del citado derrumbe del Este, pero mucho más, y fundamentalmente, del vacío teórico de nuestra tradición izquierdo-progresista, desde la que no supimos diseñar ni imaginar un modelo político-institucional alternativo. Desde las más radicales expresiones revolucionarias hasta la más formalista socialdemocracia.
Tanto la experiencia brasileña, cuanto la uruguaya, además de una inédita configuración de pluralismo convergente, unitario, mostraron algunos resultados encomiables en materia de protección social, no todos los deseados e inscriptos en el programa de gobierno y las tradiciones reivindicativas que los encumbraron, pero al costo de una importante desmovilización ciudadana, al menos comparativa a los niveles exhibidos en gestiones locales o instancias de oposición, al tiempo que una asimilación acrítica del dispositivo institucional heredado. Si tuviéramos que asignarle un término, bien podría ser el de socialdemocratización. Ello no debería causar sorpresa si no fuera por el hecho de que quienes se asumen expresamente dentro de esta masiva corriente política internacional y hacen propios sus postulados son una minoría en la compleja y plural urdimbre política que protagoniza estas experiencias.
Aludo, más allá de la referencialidad orginaria de revolucionarios como Kautsky, Bauer o Bernstein, al giro de posguerra que les confiere la transición desde partidos socialistas hacia partidos «populares» con características reformistas tenues en el plano económico conviviendo con una defensa de la democracia realmente existente (antiguamente caracterizada como burguesa) sin más. Aquella que en un libro de hace unos años caracterizo como democracia fiduciaria. Esto pone las cosas en un nivel ciertamente tautológico como salida de un falso dilema. Por un lado la gestión en los estrechos márgenes de la institucionalidad existente o por otro cualquier alternativa rupturista, por cierto totalmente impopular y ajena al consenso interno alcanzado, es decir concretamente inviable. Queda excluido cualquier intento de superación institucional y en consecuencia, solo podría esperarse variantes de un tenue reformismo conformista.
Inversamente, una posibilidad cierta de romper con el cerrojo es la de interrogarnos sin axiomas ni prejuicios sobre el grado de democraticidad de la república representativa, o democracia liberal, que actualmente rige, con diversas variantes menores, en la totalidad de los países capitalistas. Esto permitiría, entre otras cosas, desmistificar el uso apologético de «la» democracia que se instala actualmente de manera acrítica, tanto en las corrientes socialdemócratas cuanto más radicales sin excluir obviamente a todo el arco de la derecha, incluyendo a antiguos terroristas de estado. Sin adjetivos ni caracterización específica, la democracia representativa es presentada como si fuera la única.
Hanna Arendt ironizaba respecto a esta ideologización que «da por supuesto que no existe ni nunca ha existido ninguna alternativa al sistema actual» que además de carecer de fundamento es propia del realismo político y, cualquiera sea su propósito, aherroja las creencias políticas colectivas, disuadiendo de toda tentativa de imaginar dispositivos distintos.
No basta eliminar el significante «representativa» de una constitución para que se desmienta con ello tal carácter de su democracia. ¿Acaso, por ejemplo, se ha promovido algún referéndum, plebiscito o iniciativa popular desde la asunción del gobierno progresista en Uruguay? ¿Acaso ha habido otro mecanismo para ejercer iniciativas o abortarlas que el del ejercicio delegativo de la representación? ¿Basta con que una constitución contemple formas directas de ejercicio ciudadano del poder decisional para considerarla superadora de la democracia representativa si estas alternativas no se promueven ni implementan?
El hecho de que los tres poderes republicanos requieran de frenos y contrapesos para evitar la hegemonía o el abuso de uno
de ellos por sobre el resto no legitima necesariamente al veto como un instituto adecuado para tal finalidad. ¿Cuál fue el abuso que el poder legislativo ejerció sobre el resto de los poderes votando una ley como para requerir el ejercicio de un freno? ¿No es precisamente la posibilidad de una consulta ciudadana lo que en última instancia quedó excluida como posibilidad, lo que «quedó frenado»?
En vísperas del próximo congreso del Frente Amplio, ante la reciente elección de casi dos millares y medio de delegados, que no podría darse sino en un clima de cierto estremecimiento de nombres y proyecciones, pero también de próximas instancias decisivas en Brasil, Bolivia y Ecuador, podría darse un inmenso paso adelante con el simple reconocimiento de la pertinencia de un tal vez futuro- debate sobre formas más igualitarias de distribución de poder decisional, de cierta corrección de la desconexión representantes-representados, de achicamiento de la brecha dirigentes-dirigidos. Nada de la complejidad que supondría pensar la ingeniería política correspondiente. Sólo tal vez la posibilidad de reconocimiento inicial, si se nos permite la paráfrasis de Freud, del malestar en la ciudadanía.
|*| Profesor Titular de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.
Compartí tu opinión con toda la comunidad