El poder
¿Cuánto insomnio, cuántas rabietas por no hallarle la vuelta al asunto y cuántos accidentes vasculares le han costado al ciudadano común la explicación de qué es el poder?
Debo haberme golpeado la cabeza y no lo recuerdo, porque descubrí de pronto que es muy sencillo. Basta no sólo mirar sino ver alrededor; basta cada noche o cada mañana, en lugar de las oraciones, hacer tiempo para describir todo lo que uno será obligado a cumplir ese día o al día siguiente.
Cada papel, cada sello, cada trámite se identifican con una o más personas que están en todas partes, como extraterrestres invasores.
Esa gente, que a veces tiene coquetas oficinas y otras deambula en salas comunes y se arrima al mostrador luego de atender sus propios asuntos, adquiere una cuota de poder gracias a ese papel, a ese sello, a ese trámite.
No se trata de un poder que se obtiene y se congela en un cierto nivel. No. Tiene la maravillosa facultad de crecer indefinidamente, inflarse sin explotar y hasta volar sin reventarse contra pared o techo alguno.
Además, ese poder se mueve. Camina, repta, salta, trepa, va, viene y vuelve a ir y se esconde o se exhibe según y cuando le convenga.
Es, también, un poder teatral, variado, sorprendente, que tanto crea urgencias como demoras incomprensibles y que inventa instrumentos destinados a que los papeles, sellos y trámites sean cada vez más numerosos y complicados.
Finalmente, está claro que ese poder o, mejor dicho, la suma de pequeños, medianos y grandes poderes así consagrados nos domina.
Peor aún: nos gobierna.
Mientras esto sucede, todas las ideas renovadoras, todas las acciones constructivas, todos los proyectos de país productivo, moderno, eficiente y, por supuesto, equitativo, se van a la mismísima mierda, enmarañados por ese poder que nadie confiesa, del que todos reniegan y al que la mayoría de sus sufrientes víctimas, subconscientemente, querrían subirse.
Ah, ese poder tiene nombre. Se llama burocracia.
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