ESTABILIDAD Y CRECIMIENTO EN EL PROGRAMA DEL FRENTE AMPLIO

La actual crisis financiera internacional –que se origina en Estados Unidos y se desplaza a todos los países del mundo– está teniendo consecuencias de carácter sistémico. Produjo efectos financieros por quiebras y debilitamiento de importantes instituciones financieras de los grandes centros mundiales, y también causó efectos económicos por la recesión iniciada en los países desarrollados.

En el terreno conceptual, teórico e ideológico ocasionó el derrumbe de los principios básicos del neoliberalismo, del fundamentalismo del mercado, la caída de mitos, de verdades reveladas que no tenían discusión. El libre juego del mercado no genera un orden autoorganizado y autorregulado como se suponía. El neoliberalismo –con una mínima intervención del Estado y un mercado que resolvería todos los problemas económicos y sociales– tenía como objetivo explícito despolitizar la economía y como objetivo implícito despolitizar la vida social. La intervención política era una interferencia indebida e ineficaz. La política resultaba superflua. Sin embargo, el libre juego del mercado resulta ser una de las grandes causas de la crisis financiera actual. Hoy hay consenso en que la desregulación y la liberalización financiera, propugnadas por el neoliberalismo y los grandes organismos financieros multilaterales como el FMI, se encuentran en el centro explicativo de esta profunda crisis. Por ello se acude al Estado para encontrar salidas, para proporcionar liquidez, para aumentar los seguros de depósitos, para garantizar deudas bancarias. Inclusive una de las medidas centrales consiste en la nacionalización o estatización de grandes instituciones financieras privadas a través de compras de acciones por parte del Estado para mejorar sus niveles de capitalización. Con ello se busca asegurar la cadena de pagos de las empresas productivas. La antítesis de la propuesta neoliberal que era las privatizaciones. El fracaso de la liberalización financiera –que ya se había manifestado en la crisis asiática de 1997– y de la desregulación del mercado financiero de EEUU, lleva a solicitar la intervención del Estado, la intervención de la política y de los políticos. La política pasa a predominar sobre el fundamentalismo del mercado, sobre la vigencia de la tecnocracia. Incluso produce la necesidad de una reestructuración de organismos de gran influencia, como el FMI y el Banco Mundial, y a nuevas relaciones de poder que obliga a los países desarrollados, en especial al Grupo de los 7, a dialogar y buscar soluciones comunes con los países emergentes, generando la última reunión del Grupo de los 20.

La crisis actual tiene la profundidad de la gran depresión de los años treinta en el siglo pasado, pero se supone que existe más información e instrumentos que en el pasado. Los meses de setiembre y octubre de 2008 fueron muy negativos y no se consiguió alcanzar la confianza necesaria para estabilizar la situación. Es una crisis del capitalismo que no significa el pasaje a otro sistema, a otro modo de producción o a otro régimen económico y social. Habrá transformaciones dentro del capitalismo, que es el modo de producción predominante y hegemónico como consecuencia de su extraordinaria capacidad de innovar, de la enorme velocidad de cambios tecnológicos en informática y en biotecnología entre otros, de la creación de nuevos bienes y servicios. En el capitalismo actual hay diversos modelos. No es lo mismo el capitalismo de EEUU que el de Suecia ni el de China o Japón. Como consecuencia de esta crisis entraremos en nuevos modelos de capitalismo con una mayor intervención del Estado, con nuevas regulaciones que permitan una mayor eficiencia del mercado, insustituible como indicador de resultados y en la definición de la cantidad y calidad de los bienes y servicios a producir. En cada caso habrá que combinar las lógicas del mercado con las lógicas del Estado. En estos días de crisis se busca la confianza de los mercados financieros y minimizar los costos en las actividades productivas. Pero la recesión está arriba de la mesa. Por lo tanto el tema central pasó a ser el del empleo que no se resuelve por el libre juego del mercado. Por ello, economistas como el actual Premio Nobel Paul Krugman plantean la necesidad de mitigar la recesión por la clásica vía keynesiana de la inversión pública. Y Krugman agrega: no nos preocupemos del equilibrio fiscal o del déficit fiscal, que se resolverá en el futuro. El tema central es generar nuevas fuentes de empleo que tiene prioridad sobre la estabilidad. Ya lo habíamos visto con el accionar de la Reserva Federal de EEUU, cuya preocupación central fue atender la recesión, el crecimiento y el empleo con total prioridad sobre la estabilización. Se busca, por diversos mecanismos, elevar los niveles de consumo interno para reactivar las actividades económicas con prioridad sobre la estabilidad. El propio Strauss Khan, nuevo director gerente del FMI, desde que asumió, está más preocupado por el crecimiento que por la estabilidad. Se buscan mecanismos fiscales y crediticios para enfrentar la recesión. Y, seguramente, esta nueva forma de mirar los acontecimientos mundiales tendrá su influencia sobre el pensamiento económico predominante en el mundo y en América Latina.

El tema de la estabilidad y el crecimiento se encuentra en las discusiones del programa del Frente Amplio. En los tres años y medio del gobierno del FA se priorizó la estabilidad, la que, una vez obtenida, permitiría que el mercado y el sector privado lograran el crecimiento y la adecuada distribución del ingreso. El crecimiento se obtuvo por el aumento de los precios internacionales de los productos de exportación, complementado por la demanda interna derivada de las mejoras del empleo y del salario real. La distribución del ingreso no mejoró. La política fiscal priorizó el logro de un superávit primario para asegurar el pago de los servicios de la deuda en moneda extranjera. Durante el año 2005 se atendió la emergencia social con la reducción de la inversión pública. Posteriormente, el crecimiento proporcionó mayores ingresos fiscales que facilitaron aumentos significativos para la educación, la salud y la indigencia. La política monetaria se centró en el objetivo exclusivo de la estabilización de precios. La política cambiaria se centró en contribuir a la estabilización de precios, en rebajar el gasto público de intereses en moneda nacional y en intentar una imagen favorable en el mercado financiero internacional con un descenso de la relación deuda/producto inflando el denominador medido en dólares por el descenso del tipo del cambio nominal. Por ello es indispensable que la política macroeconómica atienda con prioridades semejantes la estabilidad y el crecimiento y el empleo. Que los equilibrios macroeconómicos no atiendan solamente variables financieras (inflación, equilibrios fiscales y de balance de pagos, reservas internacionales), sino también variables reales. Esto significa que los equilibrios macro no afecten el crecimiento, la competitividad y el empleo, como ocurrió en el pasado con la política cambiaria. La política fiscal debe atender la deuda, la inversión pública y, especialmente, el gasto social. La política monetaria debe atender la estabilidad y el crecimiento. La política cambiaria debe atender especialmente la competitividad. Para que la política macroeconómica atienda objetivos de crecimiento y empleo deben definirse lineamientos estratégicos que determinen con flexibilidad los rumbos de la estructura productiva.

|*| Senador por la 609-FA,  economista

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