Escrito por: Por Antonio Pippo
Ya lo dije: cuando el senador Fernández Huidobro reflexionó acerca de la inseguridad y violencia actuales, relacionándolas con el uso de armas por particulares, no lo alentaba más que la promoción de un debate necesario.
No deben haberle entusiasmado las respuestas recibidas, pues se ha sentido obligado a escribir otra vez sobre lo mismo.
En cuanto a mí, he oído tantas tonterías por ahí que sentí la necesidad de bucear una vez más en el diccionario y recordar cosas olvidadas. Para tirarle un cabo.
Muchísima gente ha reducido todo esto tan complejo a las armas de fuego en manos de ciudadanos comunes.
A ver: arma es un instrumento, medio o máquina o sea cualquier cosa destinada a ofender o a defenderse. Entre otras, las hay acorazadas, aéreas, arrojadizas, atómicas, nucleares, automáticas, blancas, de chispa, de percusión, de precisión, de puño, ligeras, motorizadas, navales, negras, pesadas, parlantes y hasta falsas.
¿Con ellas sólo se puede matar por error a alguien, digamos un vecino distraído, o causar que se hiera un menor imprudente, de esos que revuelven cajones, o adjudicarles el pecado de que las carga el diablo?
No. Se puede levantar uno en armas, ser de armas tomar si se las combina con alcohol son terribles presentarlas, ponerse en armas, hacerlas, probarlas, publicarlas, vestirlas, velarlas, medirlas, descansar sobre ellas, entregarlas y, claro, dejarlas.
Si se comprende en toda su extensión y profundidad este aporte de la Real Academia de la Lengua, la cosa aclara un poco.
A fines de la preocupación que tantos están expresando hoy, es lo mismo un revólver que un cuchillo incluso de mesa, tipo Tramontina-, una pistola Glock que un pedazo de baldosa suelto, un fusil AK 47 que un hierro cortado y olvidado al lado de un árbol, una honda que una olla de agua hirviendo, o una ametralladora que el puño impune de un troglodita lanzado contra los indefensos.
Por eso, lo esencial no pasa por donde algunos creen.
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