Al retrete
Lo que sigue hasta poco antes del cierre de esta columna no es de mi autoría sino la trascripción de una parte de una famosa novela. Recién al final comprenderá el lector por qué apelo a ella.
«Celestino le habla a la fuerza de militantes, que está en silencio, muy pendiente de sus palabras.
-¡Luchamos por una humanidad mejor! ¿Qué importa nuestro sacrificio si sabemos que no ha de ser estéril, si sabemos que nuestros hijos recogerán la cosecha de lo que hoy sembramos?
Nadie se mueve.
-¡Y los débiles, y los pusilánimes, y los enfermos deberán desaparecer!
-¡Muy bien! grita, por primera vez, la fuerza.
-¡Y los explotadores, y los especuladores, y los ricos!
-¡Muy bien!
-¡Y los que juegan con el hambre de la población trabajadora!
-¡Muy bien!
-¡Pero para alcanzar la ansiada meta es preciso nuestro sacrificio en aras de la libertad!
-¡Muy bien!
Celestino estaba más locuaz que nunca.
-¡Adelante, pues, sin desfallecimientos y sin una sola claudicación!
-¡Adelante!
-¡Que cada cual cumpla con su deber! Adelante…
Celestino, de repente, sintió ganas de hacer una necesidad.
-¡Un momento!
La fuerza quedó un poco extrañada. Celestino dio una vuelta. Tenía la boca seca. La fuerza empezó a desdibujarse, a hacerse un poco confusa…
Celestino Ortiz se levantó de su jergón, encendió la luz del bar, tomó un traguito de sifón y se metió en el retrete».
Hasta aquí, el texto prestado.
Ahora la explicación: cuando el senador Fernández Huidobro tuvo la honestidad intelectual de plantear el asunto de la seguridad para alentar un debate nacional, seguramente esperó que, aun entre discrepancias fuertes, se iban a aportar ideas serias para diseñar una política de Estado.
No creo que se le haya ocurrido que las respuestas que recibiría destempladas, absurdas, desorientadas, corporativas, irracionales semejarían el sueño de Celestino y su mismo destino inexorable.
Impidamos que esta cita a reflexionar acerca de algo tan importante termine en el retrete.
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