AL RESCATE DEL OLVIDO
Quien viaje a Nueva York en las próximas semanas y puedan interesarle las manifestaciones de la cultura judía en la Moscú bolchevique no debería pasar por alto la exposición «Chagall y los artistas del Teatro Judío Ruso» que exhibe el Museo Judío de la Quinta Avenida.
La exposición comprende las tres décadas que transcurrieron entre 1919 y 1949. No podía ser de otra manera porque todavía en vida de Stalin, se agudizó un proceso destinado a suprimir gradualmente las distintas expresiones de vida judía, entre ellas, su cultura.
La muestra comprende la trayectoria de dos conjuntos, los protagonistas por antonomasia del teatro judío de la época, al menos en Moscú, el «Habima» (en hebreo «escenario») y el «Teatro Yiddish del Estado de Moscú» (conocido por su acrónimo Goset o Gosekt).
El Habima había sido fundado en 1912 en la ciudad de Byalistock por Nahum Zemaj. Este era un maestro de hebreo que dejó su impronta porque ya desde entonces el repertorio se interpretaba exclusivamente en hebreo. Es posible que esta característica derivara de cierto sesgo religioso e incluso sionista que algunos comentaristas le atribuían, sin perjuicio de lo cual sus interpretaciones reflejan una marcada influencia de los movimientos vanguardistas europeos.
La existencia de un conjunto teatral judío en Moscú nos está diciendo del cambio radical que en un período de tiempo muy corto se produjo en la vida de los judíos rusos.
En la época zarista a los judíos no se les permitía, salvo excepciones, vivir en las grandes ciudades, pero a partir de la revolución bolchevique comenzaron a fluir por decenas de miles a urbes como Moscú, ávidos de otro tipo de vida de la cual la cultura no podía permanecer ajena.
Un poster conmemorativo de las 300 representaciones de «El Dybukk», estrenado en 1922, es prueba concluyente del sostenido éxito de público, doblemente significativo si se tiene en cuenta que la gran mayoría de los espectadores no entendía el hebreo. Sin embargo, eran sensibles al impacto visual y emocional del despliegue escénico que se aprecia en los fragmentos filmados de las representaciones, las cuales por lo general trascienden el realismo para internarse en un expresionismo moderno. Algo similar sucedió con «El Golem», otro gran éxito del conjunto.
En sus primeros años, el Habima recibió el apoyo del Estado soviético al punto que Stanislavsky, el director del «Teatro Artístico de Moscú», los tomó bajo su protección. Pero el sesgo que se insinuaba en sus representaciones fue generando un cambio en la posición oficial.
Algo similar sucedió con otro éxito del conjunto, «El Golem».
Al menos, así deben haberlo sentido los integrantes del Habima porque en 1926, aprovechando una gira europea, tomaron la decisión de irse todos juntos directamente a Palestina, dejando tras sí la estructura teatral desarrollada a lo largo de años. Es así como el Habima reaparece en Tel Aviv, donde con el transcurso del tiempo se erigió por derecho propio en la expresión emblemática del teatro israelí.
Distinta es la historia del Goset, que en 1919 se trasladó de Leningrado a Moscú y bajo la dirección de Granovsky interpretaba sus obras en yiddish, el idioma de los judíos rusos.
La primera obra que pusieron en escena fue «Una jornada con Scholem Aleijem», en la cual los textos originales del gran escritor fueron modificados, adaptándolos a las directivas oficiales. La representación tuvo lugar en un teatro íntegramente decorado por Chagall con murales en los que aparecen las primeras versiones del violinista sobre el tejado. Chagall también hizo los vestuarios y la escenografía. En el caso del Habima esa tarea estuvo a cargo del artista Natan Altman.
Si se tiene en cuenta que Chagall dejó la Unión Soviética en una fecha tan temprana como 1922 no se explica por qué su nombre encabeza la denominación de una exhibición que abarca casi treinta años más. Quizá la razón deriva de que, como dice el catálogo, Chagall hubiera sido la fuente inspiradora del teatro judío.
A partir de 1924 la Ievseksia, sección judía del Partido Comunista, financió el Goset. Mientras tanto, el conjunto fue madurando artísticamente. A Granovsky lo sucedió Mikhoels, quien se constituyó en el referente ineludible del teatro judío de la era bolchevique. En su doble condición de actor y director, explotando el patetismo, la desesperación, el humor, y hasta la fuerza brutal del yiddish, y acompañado por intérpretes como Hana Rovina y otros, convirtió cada representación en una obra maestra.
Pero si hubiera que identificar una obra cumbre de su repertorio, no puede soslayarse «El Rey Lear», representada a mediados de la década del treinta y cuyo esplendor emana aún a través de las viejas y gastadas filmaciones.
Durante le segunda guerra mundial Mikhoels fue la cara visible del Comité Judío Antifascista, recorriendo el mundo libre para recabar apoyo económico de las comunidades judías.
Dado que Stalin apoyó el Plan de Partición y la subsiguiente creación del Estado judío, en el marco de un acto multitudinario del cual fue el principal orador, Mikhoels apoyó la resolución de las NU. No sabemos exactamente qué es lo que dijo, pero cuando al día siguiente la radio estatal trasmitió la grabación del acto, su discurso fue íntegramente suprimido. «Mala señal», le dijo a esposa, y poco después fue llamado a la ciudad de Minsk desempeñaba un alto cargo en el ámbito cultural, donde lo esperaba un oficial de la KGB. Al otro día su cadáver yacía boca abajo sobre la nieve. Eso sí, tuvo un funeral multitudinario.
Al año siguiente, 1949, el Teatro Judío de Moscú cerró sus puertas.
Pero eso no es todo. En 1953, meses antes de la muerte de Stalin, estalló un sospechoso incendio en los depósitos donde estaban guardados los archivos del Goset. Incluso parte del material exhibido en la exposición aparece con bordes quemados y materiales chamuscados.
Si la intención fue borrar de la memoria todo vestigio del teatro judío de la época bolchevique, la exposición que comentamos demuestra que el intento tal como escribiera Ken Johnson en el «New York Times» fracasó.
Visitar por estos días el Museo Judío de Nueva York es, a nuestro juicio, participar en el rescate del olvido.
|*| Ex legislador
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