El poder
Nuestro idioma tiene gran cantidad de palabras. Es una virtud. También incluye muchos vocablos con acepciones múltiples.
Por ejemplo, poder.
Si hablamos de política doméstica sólo dos de ellas se me ocurren ilustrativas: dominio, imperio, facultad y jurisdicción que uno tiene para mandar o ejecutar una cosa; o ésta suena más inquietante- estar sujeto al dominio o voluntad de otro.
Poder es la palabra de moda. Se ha querido disimularla y hasta disolverla en otro sustantivo que igualmente admite más de una definición: liderazgo; hay líderes espirituales, militares, económicos, artísticos, deportivos, en fin. Puede ser que algunos sean animados sólo por la idea de servicio social; puede ser que algunos hayan recibido esa condición naturalmente, sin buscarla, por imperio de las circunstancias.
Descreo que sea el caso de los políticos.
Hoy, que se habla tanto de liderazgos en política, quiero decir, con la esperanza de estar equivocado, que ese deseo de convertirse en líder esto vale para las pulseadas en la izquierda, entre los blancos y entre los colorados, aunque éstos tengan un respirador artificial- esconde una fascinación obscena por el poder.
Es inherente a la condición humana. Que nadie se haga ilusiones acerca de que esa conducta cambie pronto.
La cuestión es construir controles, políticos y también de intervención ciudadana, capaces de impedir que ese poder conduzca a la autocracia.
A buen entendedor, tales palabras bastan.
Y aunque tal vez me endilguen la condición de desproporcionado, intuyo que el futuro del país se juega en ese ámbito.
¿Hay esperanzas? Sí. Los griegos descubrieron que la extrema ansiedad por el poder podía ser tratada invitando a los afectados a las orgías dionisíacas. Se bebía y se bailaba durante horas, hasta que todos caían exhaustos y entraban en una especie de éxtasis de tolerancia.
En una de esas conviene decirles a unos cuantos que el boliche del Chiquito Otegui abre todos los días.
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