CEIBALIZAR TAMBIEN LA VEJEZ
Los diarios económicos están de parabienes. Día a día reflejan con detalle los cambios drásticos en los indicadores financieros internacionales. El mundo parece un discurrir de números deslizantes en pantallas normativizadas y empobrecidas, como la memorable apertura del film «The Matrix». Profundas caídas demarcando la persistente tendencia, se interrumpen sin embargo, de tanto en tanto, otorgando el alivio momentáneo de alguna efímera recuperación. Las miradas se concentran en ellas y la atención adquiere el carácter de un espectáculo futbolístico. Si hay goles a favor se gritan como en una final. Si los hay en contra -¡y vaya si los hay!- la vista se clava al suelo. La hinchada analiza cada detalle para el partido siguiente, aún consciente de las debilidades defensivas y de la probable goleada en contra. Los diarios económicos crecen tanto, cuanto se derrumba su objeto. Son exitosos relatores del descenso.
No obstante, aún con la satisfacción del posible éxito de ventas, comparten con el resto de la prensa tradicional conservadora, la incómoda misión de tener que dar alguna explicación por el inmenso desaguisado, por las consecuencias sociales del antiguo optimismo liberalizador y por las ineludibles intervenciones rescatistas de los estados y bancos centrales. Las heterogéneas utopías de desaparición del Estado desde Adam Smith a Bakunin y el imperio de individuos libres marchan inermes al abismo. Es que la magnitud de las iniciativas nacionalizadoras de los países hegemónicos es tal y tan contraria a sus machacados «principios» y recomendaciones, que el humor y la ironía no se hizo esperar, aún en sus propias capitales mediáticas.
A lo largo de octubre ha ido creciendo en difusión por internet, un excelente sketch de la TV inglesa en el que un banquero respondía con el más crudo cinismo a las inquietudes de su entrevistador (ver en //www.dailymotion.com/swf/k2GEzYKbv1P6IUHSp Y aunque con subtitulados de mala traducción). El entrevistado culminaba su retahíla de sinceramientos reclamando la inmediata devolución por parte del gobierno de todo el dinero perdido a fin de continuar su juego. Cuando es interrogado acerca de si eso no era un premio a la estupidez y la codicia responde que si los gobiernos no ponen la plata, no serán ellos quienes sufran la pérdida sino los fondos de pensión. Es que, efectivamente, la actual crisis no sólo trae recesión y en consecuencia mayor pobreza, desempleo y caída de la inversión pública y los beneficios sociales, sino fundamentalmente de los sistemas jubilatorios privados, institucionalizados por el neoliberalismo con su receta de liberalización cambiaria y financiera, con su «financiarización» de la economía de conjunto y su estímulo a la precarización y flexibilización laboral.
Los dogmas de los noventa significaron un avasallamiento de los derechos en general y del derecho a la percepción jubilatoria en particular, a una vejez digna, complementario del derecho al trabajo, otrora ambos, derechos económicos y sociales, cuya garantía correspondía al Estado. La privatización «capitalizadora» parcial debilitó un sistema jubilatorio solidario, adjetivo este último insustituible en la filosofía fundadora de un sistema «de reparto».
Contrariamente, los regímenes privados están en manos de grandes pools financieros que participan en las operaciones y modelos de beneficios del patrón financiarista al que aludimos líneas arriba. Los activos en los que invertían e invierten estos fondos sólo refuerzan el mercado de capitales, estimulando la dinámica financiera internacional, precisamente la que acaba de colapsar. Complementariamente reforzó el desentendimiento por parte del Estado de políticas de orientación económica en dirección al desarrollo, estimulando la concentración de los recursos financieros. Es así que se impuso una mercantilización de bienes y servicios en general con su consecuente regresividad en la justicia social y en la concepción de los derechos humanos, que no pueden desentenderse de la solidaridad con la vejez sin negar su esencia, es decir, el derecho a la vida sin más. El desentendimiento del Estado, y por lo tanto de la sociedad en conjunto, respecto a la garantía de un ingreso en la vejez sólo puede durar hasta el primer tropiezo. Y éste ya se está dando.
No se trata exclusivamente del indiscutible riesgo de hipotecar -literalmente hablando ante el arrastre de las hipotecas «subprime» (tan bien llamadas menos eufemísticamente, «basura»)- el futuro de los trabajadores frente a la caída estrepitosa de los activos financieros de «su» empresa sino directamente la quiebra. Tal riesgo hipotecario existe y deberá el Estado salir en su auxilio cuando esto ocurra como ya se insinúa abiertamente. No se trata de que la cuenta individual crezca poco, nada, o se dirija al rojo, sino de poner en cuestión la idea misma de salvación particular.
Acumular fondos en una cuenta de una empresa financiera es exactamente lo contrario a una garantía, a un derecho conquistado. Es, inversamente, lo más parecido a jugar una chance en el casino o a los burros. Sólo el marketing o la apelación al azar y buena fortuna (sustrato último de formas de pensamiento mágico) podrían justificar la cesión del derecho al manejo privado de la supervivencia futura. Un salto sin red entre la ventura y el desamparo. La ilusión de beneficiarse con la elección del holding «ganador». Fantasías construidas a fuerza de incalculables campañas publicitarias y vientos ideológicos a popa de los intereses fiduciarios. El aporte del trabajador activo no es un ahorro personal para sí, sino una contribución específica para solventar el derecho del pasivo, del ya retirado, a recibir una retribución proporcional a su salario en actividad. Esa contribución es a la vez una garantía del derecho futuro de goce del propio contribuyente.
No menos impactante que estas contrarreformas prácticas es la victoria ideológica que atribuye una garantía de retribución vitalicia a la existencia de una cuenta privada de acumulación de ahorros. El lente ideológico que extrapola la existencia de algunos cuantos pesos supuestamente propios (vistos en su inmediatez con optimismo) en manos de financistas superaría las limitaciones propias del crecimiento de la expectativa de vida, del posible fracaso de las jugadas financieras produce una ilusión monetaria que constituye la estricta contracara de un derecho social. Formulándolo interrogativamente, ¿para qué delegar la privatización absoluta del aporte y el ejercicio de la timba con lo acumulado en empresas y no jugársela individualmente tanto en el atesoramiento cuanto en el riesgo de su colocación? Es como jugar sin emoción ni adrenalina.
Un acto político de importancia histórica en la dirección de rectificar este curso socialmente suicida es la iniciativa recientemente adoptada por la Presidenta Fernández de Kirchner de eliminar el sistema previsional privado de capitalización (AFJP en Argentina, AFP en Chile o AFAP en Uruguay) que espera su aprobación parlamentaria. Ya previamente la Presidenta Bachelet debió introducir una reforma para asegurar el ingreso básico que el sistema privado se veía impotente de proveer, a pesar de los casi 30 años de vigencia pionera del sistema inaugurado en nuestra región por Pinochet y continuado en los noventa por gobiernos neoliberales en nuestros países.
Cierto es que en Argentina las condiciones son todavía más acuciantes en virtud de varios factores específicos. Por un lado, por el volumen de personal empleado respecto a la magnitud de beneficiarios contrarios a cualquier indicador de eficiencia, además de los absurdos valores de las comisiones descontadas de los aportes, de la corrupción en el manejo de las colocaciones donde, por ejemplo, un mismo fideicomiso fue comprado y vendido en ocho oportunidades sin beneficio alguno, salvo el cobro de comisiones intermediarias. Por otro, en función del carácter salvaje, irracional y desarticulador de la transición entre am
bos sistemas, al punto de haber tenido que apelar al endeudamiento público para atender sus obligaciones para con los jubilados.
Pero también lo es el hecho de que si se quiere reestablecer la solidaridad intergeneracional e involucrar a la sociedad en la responsabilidad respecto a la vejez, todos los países deberán analizar las relaciones de fuerzas y la oportunidad propias para deshacerse de este engendro privativo, polisémicamente hablando. Además, la progresividad social y la solidaridad intergeneracional podrán acompañar otra racionalidad económica hacia una creciente desmercantilización y reconocimiento de derechos. Algo que intenté referir el domingo pasado desde esta misma contratapa con el significante neologístico de «ceibalización».
Tal vez en un futuro próximo se pueda ceibalizar también el sistema previsional, es decir, terminar con las ilusiones mercantiles y sus AFAP, como se las llama por aquí.
|*| Profesor Titular de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.
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