Nuevas ideas
Una realidad y un texto están ahí, ante nosotros, separados y sin que muchos adviertan su íntima relación.
La realidad es dramática: la bofetada moral que recibe la sociedad al ver, cada día, más niños agresivos, iracundos, furiosos, engordando el caldo de la violencia.
El texto es una apuesta a la esperanza, pese a que aún provoque debates entre quienes tienen responsabilidades en la formación de la niñez, la adolescencia y la juventud: el proyecto de nueva Ley de Educación.
Me disculpo por reiterar lo que ya he dicho, pero postularé una vez más que este país tuvo, desde los albores de su modernidad, dos grandes constructores de cultura, entendida ésta como suma de hábitos que se hacen comunes en una sociedad en un tiempo histórico determinado: la familia abarcadora y generadora de principios y valores, que heredamos de la inmigración, y la educación pública. Aquella desapareció, o ha mutado, y ésta sobrevive a duras penas a una crisis de décadas y que prácticamente la tuvo al borde de la extinción durante la dictadura.
Desde hace mucho tiempo han sido sustituidas por los medios de comunicación electrónicos, sobre todo la televisión abierta y ahora, crecientemente, el fenómeno de internet. El resultado ha sido una progresiva inmersión de niños y adolescentes en un mundo fascinante que los aísla y les induce a los comportamientos más individualistas y violentos.
No hay otra salida, en un Estado responsable, que recrear la educación de antaño. No para aplicar lo que ha sido objetivamente superado, sino para que la eficacia técnica y el conocimiento, hoy imprescindibles, no dejen a un lado la formación de hombres integrales.
No sé si el proyecto en debate puede lograrlo. Pienso que es, quizás, la penúltima oportunidad antes de una catástrofe social. Y tengo claro que son necesarias ideas renovadoras para nuevos programas que trasmitan solidaridad, tolerancia y una pasión benévola y constructiva.
Ojalá aparezcan.
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