GAS DE VACA

La Unión Europea, que no quiere depender tanto de un caño de gas ruso que pasa por lugares inquietantes antes de llegar a sus fábricas, puso en marcha un plan para producir gas en base agrícola (antes lo habían hecho China e India). Ya sabíamos que con el estiércol y la basura domiciliaria se podía (y debía) producir biogás. Ahora estamos ante enormes emprendimientos agrícolas en pos de ese otro biocombustible (además del etanol y el biodiesel y mucho más rendidor que ambos) que, según vemos, alcanzará proporciones inmensas.

En 2004 la Unión Europea decidió subsidiar con cuarenta y cinco euros por hectárea la implementación de cultivos para producir biocarburantes hasta una extensión garantizada de un millón quinientas mil hectáreas. Ese año las «solicitudes» ascendieron a trescientas mil hectáreas y en 2005 a quinientas setenta mil, por lo que en 2006 la meta se amplió a dos millones de hectáreas. Pero esto no es el total, ya que existen cultivos «por fuera» (reciben otros subsidios o están en lugares excluidos del plan). La cifra real es mayor.

Alemania encabeza la lista en cantidad de suelo con ese destino. Una gran proporción (creciente) es usada para la obtención de biogás. También Alemania está a la vanguardia en este rubro con tres mil plantas industriales ya instaladas para generar energía eléctrica. Importa señalar que la «política» ha sido diseminar dichas plantas, alentando con ello la asociación de productores rurales y vecinos urbanos, para ahorrar fletes y disponer de vegetales, estiércol y basura como así también acordar el suministro de energía y fertilizantes. En esos países ya hace mucho que el estiércol y los orines tienen precio; se juntan cuidadosamente en cada establecimiento y colectan a nivel regional (como Conaprole la leche), para llenar grandes tanques digestores desde los que la bosta transformada sale como gas o electricidad y fertilizantes para la región.

Esa tecnología en base a vegetales es la misma que la naturaleza puso en las vacas. Especialmente en uno de sus estómagos.

Consiste en plantar maíz, colza o sorgo dulce; cosecharlo entero, triturarlo y meterlo en silos anaerobios junto con ciertas bacterias extraídas de aquel estómago (que luego se reproducirán sin necesidad de renovarlas) y junto también con estiércol y basura orgánica domiciliaria. Da comienzo entonces un proceso de «digestión» o «fermentación» del que fluye gas (metano) que luego de filtrado (si es necesario, dependiendo del destino) es introducido en gasoductos para uso domiciliario o industrial. Puede tener dimensiones pequeñas (un metro cúbico) para necesidades domiciliarias; o grandes para usos de mayor envergadura. Una familia de cuatro personas puede producir la energía que requiere su hogar con el estiércol de cuatro vacas, o con el de treinta y dos cerdos o con seis mil metros cuadrados de maíz con un «digestor» de los pequeños.

El residuo consiste en una «ceniza» de alto valor fertilizante que vuelve al campo.

Pero lo más importante es el rendimiento y los costos que, según informes al respecto, compiten con los del gas natural y, muy por lejos, con los del gas traído en barcos especializados.

En realidad estamos ante fenómenos nunca vistos: los precios del petróleo (y los previsibles), más el agotamiento y la contaminación, sin olvidar nunca la estupidez humana, arrastran en su ascenso a los del gas haciendo que otras maneras de obtenerlo pasen a ser competitivas y por ende rentables. Antes hubieran sido económicamente inviables.

En Argentina piensan sustituir con ello mucho gas importado (de Bolivia o por barco) y proponen destinar ochenta mil hectáreas para obtener setecientos millones de metros cúbicos de gas por año, equivalente a las importaciones actuales de gas boliviano (unos dos millones de metros cúbicos diarios). Tiene la ventaja, además, de ser uno de los países con más red de gasoductos instalada del mundo.

Calculan (en Argentina) que con un precio de seis a ocho dólares el millón de BTU (unidad térmica británica) sería rentable producir maíz y sorgo para biogás en ciertas zonas: hoy Argentina paga por el gas traído en barcos dieciocho dólares el millón de BTU y ocho dólares por el traído desde Bolivia.

Uruguay importa de Argentina (por sus caños casi vacíos) unos insuficientes trescientos mil metros cúbicos de gas equivalentes a unos diez mil ochocientos millones de BTU (un metro cúbico de gas equivale a 36.000 BTU) y nos cobraban hasta hace poco (no disponemos de precios actualizados) diecisiete dólares el millón de BTU.

Plantando doce mil hectáreas de sorgo dulce nos ahorraríamos nueve dólares por millón o sea unos cien mil dólares por día, que en el año serían treinta y seis millones de dólares, sin contar a saber: la rebaja de las tarifas al consumidor, que todo lo gastado quedaría en Uruguay y que ganaríamos en independencia energética.

Pero habría que pensar muy especialmente, y de urgencia, cuánto nos gastan las centrales eléctricas a gasoil (que debemos importar) y cuanto nos gastarían funcionando a gas de vaca uruguayo, cuánto podríamos ahorrar, cuánto rebajar la tarifa, cuánto ganaríamos en desarrollo industrial y agrario y en creación de fuentes de trabajo en la ciudad y en el campo, en crecimiento del comercio, en aportes a la seguridad social, cuánto en tecnología y cuánto en independencia. Para pensarlo, ¿no?

|*| Escritor, senador  de la República.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje