Narices
La ciencia y la tecnología avanzan cada día con más celeridad. A cada paso, un descubrimiento; y a cada descubrimiento, una sorpresa mayor.
No está mal. Divierte y al menos eso se dice sirve al noble fin de hacer más confortables, más dignas las condiciones de vida humanas.
Obviamente, no siempre.
Pero vea esto, lector. En poco tiempo se crearán «narices artificiales», que servirán a numerosas aplicaciones médicas, a la detección de bombas y drogas y a otros objetivos aún por definir pero acerca de los cuales ya sobrevuela una presunción de importancia singular.
Como se sabe, el olfato humano es uno de los sentidos más primitivos y complejos y aún se ignora mucho sobre él, «continúa siendo un enigma», según los científicos. Sin embargo, está probado que la nariz del individuo puede detectar más de diez mil olores para lo cual requiere alrededor de cuatrocientos genes funcionales.
Las «narices artificiales» llegarán gracias a unas pruebas de final feliz hechas en el Instituto de Tecnología de Massachusetts: allí se pudo producir en masa receptores olfativos en el laboratorio.
¿Y ahora qué?
¡Vaya! He quedado tan sorprendido, tan conmovido por la novedad, que en realidad aún no lo sé. Sólo advierto algo que me incomoda: ¿a santo de qué tanto esfuerzo por producir artificialmente este sentido humano, siendo que, como se afirma, la nariz de cualquiera bueno, la de Ruedita no puede distinguir entre tantos olores? Debe haber detalles que me faltan; no quiero conjeturar que se esté invirtiendo en un verdadero esfuerzo al cohete.
A fin de cuentas, nuestra historia reciente está llena de grandes narices que bien hicieron su misión. Fidel Pintos, por ejemplo, con su enorme apéndice nasal, halló el mejor humor de la comedia humana. Virolita Kirchner olió desde joven la ruta para adueñarse de los gobiernos, no ejercerlos. Y el inmenso Discépolo olfateó que el futuro del mundo iba a ser un cambalache.
¿Acaso se necesita más?
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