A PROPOSITO DE LAS DISCUSIONES PROGRAMATICAS

Durante las discusiones programáticas en el Frente Amplio surgen una serie de temas que generan históricas controversias en el seno de la izquierda. Entre estos temas aparecen con nitidez el mantenimiento de la Ley de Caducidad y las discusiones sobre el sistema educativo, que tuvieron amplias repercusiones en el Congreso «Héctor Rodríguez». Pero el próximo Congreso analizará propuestas programáticas que parten de un Frente Amplio ya no en la oposición, sino al frente del gobierno nacional. En materia económica hay dos grandes temas que generaron divergencias: el de la inserción internacional ­que incluye el Tratado de Libre Comercio con EEUU y el proceso de integración en el Mercosur­ y la política macroeconómica. En el TLC con EEUU, con todos los elementos arriba de la mesa, el presidente de la República, Dr. Tabaré Vázquez, decidió por la negativa. Declaró que la exigencia de EEUU de que Uruguay firmara un acuerdo similar al que EEUU había realizado con Perú era una imposición y no una negociación. Pero Uruguay quería potenciar las relaciones comerciales con EEUU y por ello se firmó el TIFA, para ir avanzando con más lentitud pero con más seguridad, hacia el incremento de las exportaciones al mercado más apetecible del mundo por su tamaño, dinamismo y nivel de ingreso. El Dr. Tabaré Vázquez sabía que firmar un TLC con EEUU le originaría problemas dentro del Mercosur, especialmente con los gobiernos de Argentina y Brasil, ya que la Unión Aduanera requería una política comercial común e impedía la negociación bilateral sin la autorización de sus socios. Pero el Presidente de la República también sabía que la firma de un TLC con EEUU iba a generar una muy fuerte controversia dentro del Frente Amplio que podía afectar los compromisos de unidad y de gobernabilidad de su propio gobierno. Por ello, seguir insistiendo en las discusiones programáticas sobre una eventualidad actualmente cerrada por las condiciones políticas internas de EEUU, no me parece lo más saludable. Sin embargo, en distintos documentos, directa o indirectamente, sigue apareciendo esta posibilidad de tratados comerciales bilaterales como, por ejemplo, meterlo «de contrabando» en el concepto de regionalismo abierto. La integración no puede ser exclusivamente hacia adentro. La integración debe facilitar una más dinámica inserción internacional hacia afuera de la región, con más valor agregado y más contenido tecnológico. En reciente conferencia en Montevideo, Aldo Ferrer expresaba que consideraba el regionalismo abierto como antiintegración. La discusión en el gobierno del Frente Amplio derivó también en muy fuertes declaraciones contra el Mercosur, y especialmente contra Brasil y Argentina, por parte de integrantes del equipo económico de gobierno y por la búsqueda permanente en las negociaciones dentro del Mercosur por lograr la flexibilidad que permitiera TLC bilaterales. Más que propuestas que aprovecharan las potencialidades del Mercosur, las baterías de demandas se centralizaron en esta aspiración. También surgieron voces que se acercaban a la estrategia comercial de EEUU para encontrar acciones comunes con los países del Pacífico que habían firmado TLC con este país. Y se concretaron reuniones conjuntas de Uruguay, EEUU, México, Perú, Chile y Colombia que también podrían significar una especie de cuña anti-Mercosur.

En la política macroeconómica la divergencia central se plantea si debe tener como objetivo exclusivo la estabilización de precios o si debe combinarlo con los requerimientos del crecimiento y el empleo. Uno de los documentos que circula en la Comisión de Programa del FA expresa: «La contradicción que algunas veces se plantea entre el desarrollo productivo y las actividades financieras representa una falsa oposición». Lo que importa es que se complementen los objetivos financieros y los productivos, y no ­como ha ocurrido en muchas circunstancias­, se prioricen los objetivos financieros con enormes costos para el desarrollo productivo y el empleo. Hace pocos días en la Comisión de Hacienda del Senado un ex Presidente del Banco Central expresaba con firmeza y no menos arrogancia que hay una sola forma de estabilización de precios, como una forma de pensamiento único. En la realidad el combate a la inflación depende de las causas de la inflación, que pueden derivar de aumentos de precios internos importados ­como está ocurriendo en la actualidad­ o pueden provenir de aumentos de costos, de expectativas inadecuadas de los agentes económicos, por factores de demanda interna, o por la existencia de pujas por la distribución del ingreso entre distintos sectores de la sociedad como ocurrió hace varias décadas. Las terapias son distintas según sus causas y por lo tanto distintas son sus consecuencias sobre el desarrollo productivo. Un claro ejemplo lo constituye la ley de convertibilidad de Argentina que en la década de 1990 resolvió satisfactoriamente la estabilización deseada a costa de la desindustrialización, la pérdida de competitividad y el aumento del desempleo. Las consecuencias de la estabilización de precios con ancla cambiaria y sin ancla cambiaria generan efectos distintos sobre el crecimiento y el empleo. Por ello sostenemos que es indispensable que los equilibrios macroeconómicos no sean exclusivamente de variables financieras como baja inflación, equilibrio fiscal y de balance de pagos y adecuadas reservas internacionales. A estas metas hay que agregar las vinculadas al crecimiento económico y al empleo productivo. Por lo tanto no es aceptable que, lograda la estabilización de precios, se deje al libre juego del mercado y al sector privado a cargo de resolver los problemas del crecimiento y el empleo, negando las posibilidades de políticas activas, selectivas y sectoriales.

Tampoco es aceptable la denominada política cambiaria flexible aplicada por el actual gobierno. En esencia, la actual política macroeconómica está centrada en los altos precios internacionales, que han sido un factor fundamental de los elevados ritmos de crecimiento del producto bruto interno, y la política cambiaria. Esta, con la caída del tipo de cambio nominal, se ha utilizado para la contención de la inflación, para la baja en el gasto público de los intereses de la deuda expresados en moneda nacional y para el descenso de la relación deuda sobre PBI, inflando éste al expresarlo en dólares. Esta baja del tipo de cambio nominal se ha podido mantener gracias a los altos precios internacionales de los productos de exportación y las apreciaciones del euro y del real que nos facilitan las relaciones comerciales con la Unión Europea y con Brasil. La flexibilidad cambiaria es un eufemismo. En la realidad la política cambiaria del gobierno permitió, en los primeros años, una fuerte apreciación del peso con fines antiinflacionarios. En el segundo semestre de 2007 las medidas de intervención buscaron explícitamente el descenso del tipo de cambio nominal para que la inflación no llegara a dos dígitos. Y sin duda ello afecta la competitividad de aquellos rubros que no se beneficiaron de los aumentos de los precios internacionales y a la producción interna que no puede competir con importaciones baratas.

|*| Senador por la 609-FA, economista

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