El programa
Jugando con la imaginación, me visto de maestro: Niños, ¿por qué el programa de gobierno primero y la fórmula preelectoral después?
Un alumno listo responde: Es bueno que el programa surja del aporte colectivo.
Otro agrega con vivacidad: Quienes sean electos deben quedar comprometidos por ese programa de todos.
Uno más pícaro, añade: ¡Cómo si los candidatos no fuesen a tener trabajo!
Le doy la razón. Claro, y parte de él, tal vez, será armar consensos con otras fuerzas políticas si el resultado de los comicios lo impone.
Alguno, todavía confundido, pregunta: ¿Pero no hay un programa?
Yo estimulo su comprensión: -Lo hubo, con aciertos y errores, pero nadie puede negar la necesidad de echar mano de goma y lápiz, porque, además, las circunstancias han cambiado.
Y sigo: Construir un programa implica una íntima relación entre conocer y hacer. Los estudiosos de la conducta usan un ejemplo muy simple: «Cuando golpeamos la cabeza de un clavo, cada martillazo ha de compensar la sutil desviación lateral experimentada por el clavo en el martillazo anterior». Si ahora se quiere armar unos planes cohesivos con un objetivo social preciso, primero es necesario ese esfuerzo de muchos. Luego, a la vez de preservar el vínculo entre conocer y hacer, hay que imponer más especialización de las decisiones a través de la verificación continua de los éxitos alcanzados.
Y concluyo: Depende en parte de la voluntad y de que aquellos que se involucren en la tarea estén dotados, en la circunvolución temporal inferior izquierda, de un órgano central especial común a los humanos; si esa parte del cerebro se enferma ocurren trastornos del lenguaje, el pensamiento y la acción. Quizá sea una idea audaz, hasta irrespetuosa, pero, queridos niños, me gustaría saber si Astori y Mujica, y algunos compañeros hoy tan enzarzados en las candidaturas, tienen sano ese órgano. Nos podrían dar una sorpresa estimulante.
¿No es una historia preciosa?
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