Cultura
Alvin Toffler escribió hace más de dos décadas algo que me parece oportuno transcribir ahora: «Contra la idea de que el arte debe ser aislado de la masa de la humanidad, existe la noción contraria y nada irrazonable de que debe ser una parte orgánica de la sociedad, incorporada a la vida de todos».
Claramente, Toffler asimiló el concepto de cultura a la idea de principios o de valores que construyen una cultura.
Esto se reafirma si uno relee aquella frase de Leverkuhn, personaje de «Doctor Faustus» de Thomas Mann: «El arte estaría completamente solo, hasta la muerte, de no hallar un camino hacia el pueblo o, para decirlo menos románticamente, hacia los seres humanos; sólo cuando lo halle se verá como el servidor de una comunidad, una comunidad ligada por mucho más que la educación, una comunidad que no tendría una cultura sino que sería una cultura».
Cuando nos enfrentamos a la verdad social en Uruguay con realismo, sentido común y honestidad intelectual, todos los grandes problemas, incluso la inseguridad, hoy tan angustiante, se diluyen ante la necesidad de crear esa nueva cultura. No se trata de ignorar las dificultades económicas ni los obstáculos materiales; pero hasta la pobreza cambia cuando se la vive con la dignidad de valores o principios como la benevolencia, la solidaridad y el espíritu de emprendimiento.
Ahora bien, ¿a quién compete dar el primer paso y a través de qué herramientas? Al Estado, por supuesto, y por medio de la educación. Se acabó aquella familia abarcadora, que transmitía esos valores y principios, heredada de la inmigración. Hoy reinan como constructores habría que decir trituradores de cultura los medios masivos de comunicación, sobre todo la televisión abierta. Es un imperativo ético de la clase política dar a la educación pública otro significado y otra profundidad.
Cuando se logre, al cabo de unos años, porque son procesos complejos, mi amiga Daisy Tourné estará más tranquila.
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