Donde me digan
Ruedita entró al boliche exhibiendo sus cuatro dientes en una sonrisa grisácea y con los brazos levantados. Pudo haber un desbande, por la baranda, pero los demás ya estaban habituados.
Se dirigió al Cascarilla Batista y lo abrazó fuerte, sin dejar de sonreír, sacudiéndolo como un muñeco no hay que olvidar que el Cascarilla era parejo, pero enano y le estampó un chupón en la frente. El abrazado y babeado Batista quedó inmóvil. Tras unos segundos atinó, él también, a sonreír como un imbécil.
Ruedita fue entonces sobre el Negro Collazo, pero su intento fracasó. El Negro era tan grande y barrigón, que la efusividad del recién llegado frenó con una tierna palmadita a esa panza enorme.
Cuando se acercó a Epifanio, éste quiso retroceder pero al fin se dejó. Es decir, se dejó abrazar, palmoteó él también a Ruedita y le devolvió la sonrisa, un poco sesgada, medio irónica. Total, pensó, a los locos hay que correrlos para el lado que disparan.
Y así siguió Ruedita su cariñosa gira por el boliche, abrazándose con el Flaco Petrulo, el Facha Ruiz y hasta el Membrillo Pareja, que le tiró un piquito porque agarró mal la onda.
El lío fue cuando quiso hacer lo mismo con el Chiquito Otegui, hombre desconfiado si los hay, quien tomó un pedazo de caño de goma gruesa que tenía siempre a mano y le gritó, rabioso, al efusivo:
-¡Salí de acá, rompebolas! ¿Hoy arrancaste chupando gasoil? Menos mal que no fuiste a la escuela Horizonte, porque te hubieran echado por perder plasticina…
Ruedita, desconcertado, paró en seco. Dejó de sonreír. ¿Cómo el más inteligente, el patrón, no entendía? Pero se repuso y quiso desasnarlo:
-T’esplico. ‘Toy como’l Pepe, que no tiene pinta ‘e nada pero voto’ empila, y como’l boquita, que le falta’ voto’ pero parece po’lo meno’ cancillé… ‘Toy al’orde’ pa’comodá el culo ‘onde me diga’.
Miró al Chiquito y le hizo un guiño: -No será verdá, pero suena ‘e lindo… Eso sí, ¡tené que actuá como si fuera’ Sandrini!
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